Me dejó una sensación rara, pero no de rechazo. Más bien de haber visto una película ambiciosa, desconcertante, a ratos muy divertida y a ratos bastante cargante. No es una obra fácil de entrar, ni creo que funcione siempre, pero sí me pareció una propuesta con personalidad. Tiene momentos en los que parece una comedia familiar absurda, otros en los que se convierte en cine de catástrofes, otros en los que se pone filosófica con el miedo a la muerte, y otros en los que simplemente se deja llevar por el ruido.
Lo que más me interesó es esa mezcla de tonos. La vida familiar de Jack y Babette, con sus hijos hablando todos a la vez, sus conversaciones cruzadas, sus miedos cotidianos y sus rutinas de supermercado, tiene algo muy extraño y muy reconocible. La película capta bien ese mundo lleno de información, marcas, pantallas, medicamentos, noticias y frases que suenan importantes pero se pierden en el aire. Todo el mundo habla, todo el mundo opina, todo el mundo consume, pero casi nadie parece escuchar de verdad.
Adam Driver me gustó mucho. Su personaje tiene algo ridículo y vulnerable a la vez: un profesor especializado en Hitler que parece muy seguro en el aula, pero fuera de ella está lleno de pánico, inseguridad y miedo a desaparecer. Driver sabe moverse entre la caricatura y la angustia, y eso sostiene buena parte de la película. No interpreta a un héroe ni a un intelectual admirable, sino a un hombre que se ha construido una identidad enorme para tapar una fragilidad bastante elemental.
Greta Gerwig también funciona, aunque su personaje me pareció más irregular. Babette tiene una tristeza soterrada que va creciendo poco a poco, y la película acierta cuando la relaciona con el miedo a morir y con esa necesidad desesperada de encontrar algo que calme la conciencia. Lo que pasa es que no siempre sentí la misma fuerza emocional en esa parte. A veces me interesaba mucho; otras, me parecía que la película se alejaba demasiado de sus personajes para entregarse al concepto.
La parte de la nube tóxica me pareció de lo mejor. Ahí la película se vuelve más física, más clara y más entretenida. Todo ese bloque de evacuación, miedo colectivo, información contradictoria, coches, familias, autoridades y amenaza invisible funciona como una sátira muy potente de una sociedad incapaz de reaccionar ante el desastre sin convertirlo en espectáculo, trámite o conversación absurda. Cuando entra en modo catástrofe nerviosa, la película tiene una energía que agradecí mucho.
También me gustó su mirada sobre el consumo. El supermercado es casi una iglesia moderna: luminoso, ordenado, lleno de colores, promesas y consuelo. Los personajes parecen encontrar allí una especie de paz artificial, como si comprar y pasear entre productos pudiera protegerlos de la muerte. Ese final musical, tan raro y tan aparentemente fuera de lugar, me parece una buena síntesis de la película: todo es absurdo, todo es coreografiado, todo es artificial, pero también hay algo hipnótico en esa tontería colectiva.
El problema es que el conjunto es muy desigual. Hay momentos brillantes, diálogos divertidos y una estética muy trabajada, pero también hay tramos en los que se hace pesada. La película habla tanto, cambia tanto de registro y acumula tantas ideas que a veces parece atrapada en su propia inteligencia. Quiere ser sátira, drama familiar, comedia negra, adaptación literaria, película de catástrofes y reflexión existencial al mismo tiempo. Esa ambición tiene mérito, pero también la vuelve dispersa.
Entiendo perfectamente que haya quien la encuentre insoportable. Su humor es raro, su ritmo no es cómodo y su manera de hablar de la muerte puede parecer demasiado intelectualizada. No es una película que busque emoción directa, sino una especie de ruido constante donde la emoción aparece de forma torcida. A mí eso me interesó, pero no siempre me atrapó. Hubo momentos en los que admiraba lo que intentaba más que disfrutar realmente de lo que estaba viendo.
Como adaptación de una novela considerada difícil, entiendo el riesgo y lo valoro. Se nota que Noah Baumbach intenta conservar esa sensación de mundo saturado, de neurosis americana, de miedo contemporáneo mezclado con comedia absurda. Y visualmente hay mucho cuidado: los colores, los decorados, el vestuario, los encuadres y la sensación de artificialidad ochentera están muy bien construidos. Pero todo ese aparato no siempre encuentra un centro emocional fuerte.
Al final, me queda como una película interesante, rara y estimulante por momentos, pero también irregular y algo agotadora. No la veo como una obra maestra ni como un desastre. Me parece más bien un artefacto extraño, con ideas potentes sobre el miedo a morir, el consumo, la familia, la información y el ruido que nos rodea. A ratos me hizo gracia, a ratos me fascinó y a ratos me cansó. Una película más valiosa por lo que intenta que por lo redonda que le sale.