Corazones en Atlántida es una de esas adaptaciones de Stephen King que no van por el camino del terror evidente, sino por otro mucho más melancólico: la infancia perdida, los adultos que no protegen, la aparición de alguien extraño que te cambia la vida y esa sensación de que el mundo es mucho más oscuro de lo que un niño puede entender. Se nota que viene de King, pero de ese King más íntimo, más triste, más interesado en el recuerdo que en el susto.
La película me ha gustado bastante. Tiene algo muy clásico, muy de relato contado desde la memoria, con un hombre adulto que vuelve al pasado y recuerda un verano decisivo. Ese recurso puede ser sentimental, claro, y la película a veces se acerca a ese terreno, pero también tiene una sinceridad que funciona. No busca asustar tanto como dejar una sensación de pérdida, de descubrimiento y de amenaza escondida bajo una apariencia tranquila.
Anthony Hopkins está magnífico como Ted Brautigan. Tiene esa mezcla de bondad, misterio, inteligencia y cansancio que hace que el personaje resulte fascinante sin necesidad de explicarlo todo. Ted no es simplemente un anciano amable ni un mago disfrazado de vecino. Es alguien que parece llevar demasiado tiempo huyendo, alguien que sabe cosas que no debería saber y que, aun así, encuentra en Bobby una forma de afecto limpio, casi paternal.
Y Anton Yelchin está especialmente bien. Da mucha pena verlo ahora, sabiendo que murió tan joven, porque aquí ya tenía una sensibilidad enorme. Su Bobby es curioso, vulnerable, despierto, lleno de hambre emocional. No sobreactúa nunca. Mira, escucha, absorbe. Consigue que la relación con Ted sea creíble y que la película tenga corazón. Los demás también están muy bien: Hope Davis como madre egoísta y frustrada, David Morse en la parte adulta, Mika Boorem como parte esencial de ese recuerdo de infancia.
Lo interesante es que Corazones en Atlántida también puede leerse como una crítica a una época de sospecha, vigilancia y persecución. Los “hombres bajos” que buscan a Ted tienen algo de amenaza fantástica, pero también remiten a un clima muy reconocible: el miedo al diferente, el control, la caza de quienes se salen de la norma, la sombra de la persecución política y de esa América que convirtió la sospecha en sistema. La película no lo convierte en discurso frontal, pero está ahí, flotando por debajo.
Quizá su mayor defecto es que le falta algo más de intensidad. A ratos es demasiado suave, demasiado contenida, y puede dar la impresión de que no termina de aprovechar toda la rareza del material original. Tiene misterio, emoción y buena atmósfera, pero no siempre alcanza la fuerza que promete. En ese sentido, no está al nivel de las grandes adaptaciones de King sobre la infancia, como Cuenta conmigo, aunque comparta con ella ese tono de recuerdo doloroso.
Aun así, es una película bonita, bien interpretada y con poso. Habla de cómo algunos encuentros de la infancia nos acompañan toda la vida, de cómo hay adultos que nos salvan un poco aunque no puedan salvarse a sí mismos, y de cómo el miedo puede entrar en una casa sin hacer ruido. Corazones en Atlántida no es perfecta, pero tiene alma. Y eso, en una adaptación de King, ya es mucho.