The Running Man arranca como una película de acción muy directa, pero lo que engancha de verdad es lo fácil que resulta creerse el mundo que plantea. No es una distopía lejana ni sofisticada: es un futuro reconocible, casi inmediato, donde las grandes corporaciones mandan, el entretenimiento lo devora todo y la violencia se vende como si fuera un evento deportivo más. Y lo hace con un ritmo tan alto que, como me pasó a mí, se te olvida el sueño.
Edgar Wright juega aquí a dos bandas. Por un lado, ofrece puro espectáculo: persecuciones, adrenalina constante, montaje afilado y una sensación de carrera contrarreloj que no afloja. Por otro, deja caer una crítica bastante clara al circo mediático, a la manipulación de la opinión pública y a cómo el sistema convierte el sufrimiento en contenido. No siempre profundiza todo lo que podría, pero tampoco se esconde.
La película funciona especialmente bien cuando se deja llevar por su lado más físico y urgente. Hay una energía constante, casi agotadora, que te mantiene dentro incluso cuando algunas ideas se quedan a medio camino. Es cierto que en ciertos momentos parece más interesada en seguir corriendo que en mirar atrás y rematar lo que plantea, pero el viaje es tan entretenido que cuesta reprochárselo.
Glen Powell sostiene el conjunto con bastante carisma. No necesita ser un héroe clásico ni un símbolo perfecto: basta con que resulte creíble dentro de ese engranaje salvaje. El reparto y el tono acompañan, y Wright demuestra que sabe moverse en el blockbuster sin perder del todo su personalidad, aunque aquí esté más contenida que en otros trabajos suyos.
Puede que no sea tan demoledora como promete su premisa, ni tan incisiva como el material original invitaba a pensar, pero como experiencia funciona de maravilla. Es de esas películas que se disfrutan mientras ocurren, que te mantienen pegado a la pantalla y que, cuando terminan, te dejan con la sensación incómoda de que no todo lo que has visto está tan lejos de hacerse realidad.