No es fácil enfrentarse a un biopic de Bob Marley sin expectativas. Su figura es demasiado grande, demasiado influyente, demasiado cargada de significado como para reducirla a una narración convencional. One Love opta por un enfoque extraño, casi tímido, que parece más interesado en no molestar que en profundizar. Y eso se nota desde el principio: la película avanza con cuidado, como si tuviera miedo de pisar terreno incómodo.
Lo que mejor funciona, con diferencia, es la música. Cada vez que las canciones toman el control, la película respira, se eleva y recuerda por qué Marley fue tan importante. Ahí sí hay emoción, energía y algo parecido a la verdad. En cambio, cuando entra en el terreno político o histórico, especialmente en lo que respecta a Jamaica, todo se vuelve más confuso y superficial, al menos para quien no tenga ya ese contexto muy interiorizado.
Kingsley Ben-Adir está más que correcto en un papel complicadísimo. No imita, no caricaturiza, y consigue transmitir serenidad y presencia. Pero el guion nunca termina de darle espacio para ir más allá. Marley aparece como un símbolo constante, casi intocable, y eso impide que el personaje gane aristas, contradicciones o verdadera intimidad.
La dimensión espiritual y la religión rastafari están presentes, pero tratadas con una distancia que resulta frustrante. Se mencionan, se sugieren, pero rara vez se exploran. Da la sensación de que la película quiere abarcar muchas cosas sin comprometerse del todo con ninguna, y acaba quedándose en la superficie.
No es una mala película, pero sí una decepción parcial. Funciona mejor como introducción amable o como celebración musical que como retrato profundo de una figura histórica compleja. One Love se disfruta más cuando se escucha que cuando se analiza, y quizá ahí esté su mayor virtud… y también su mayor límite.