Drive my car: envidia de la mala y envidia de la buena
Por: Joni Calderón
Cuando vi “Drive my car” del nuevo genio del cine japonés Ryüsuke Hamaguchi, infinidad de sentimientos nutrieron mi ser a medida que digería gustosamente sus impecables ciento setenta y ocho minutos de poesía visual y narrativa, no sólo como amante del séptimo arte, sino como padre, esposo y teatrero: hermosa palabra banalmente utilizada en el sector de la escena colombiana que unifica una o varias funciones de un profesional en las artes escénicas (actor, director, dramaturgo, escenógrafo, etc.). Utilizo el término “banalmente” porque uno de los sentimientos que esta obra maestra despertó en mí fue la envidia, tanto de la mala como de la buena.
Empecemos por la mala. Un teatrero en Colombia (teatrista en otros países hispanohablantes) no es lo mismo que un teatrero en Japón. Es muy probable que yo no tenga la misma experiencia, talento y nivel socioeconómico del actor, director y dramaturgo Yüsuke Kafuku, personaje principal del film, pero su envidiable talento y experiencia no serían valorados en un país tercermundista como el nuestro, que a pesar de realizar uno de los festivales de teatro multilingües más importantes del mundo, poco valora la labor del teatrero criollo segregándolo a una subcategoría compartida con la de circo para competir por una miserable ayuda anual del gobierno.
Sería maravilloso que todos los grupos de teatro de nuestro país tuvieran las mismas capacidades económicas y logísticas para montar “El tío Vania” de Anton Chejov, como ocurre en la película, pero la realidad de nuestros días nos dice que no es así. Aunque el material humano en todas las facetas del arte dramático es invaluable su remuneración es menos que simbólica, lo que nos obliga a montar monólogos u obras de máximo diez actores con escenografías minimalistas, que afecten lo menos posible el presupuesto de estas. Generalmente no hay pagos, pero sí, acuerdos económicos, que si bien, ayudan a cubrir algunos gastos, la verdadera ganancia es moral e intelectual: altos niveles artísticos y bajos niveles económicos que llevan a los teatreros a priorizar o alternar sus actividades en otros campos como la televisión, la educación, la informalidad o trabajar fuera del país dando razón a la famosa frase bíblica “nadie es profeta en su tierra”.
Para Yüsuke no es así; no tuvo ningún inconveniente laboral para trasladarse de ciudad, ni para poner condiciones ambiciosas como alojarse a una hora del lugar de montaje, sin embargo, debe aceptar que no puede conducir su propio carro mientras esté en proceso de montaje y repertorio de la obra. Una lógica muy entendible que hasta el mismo maestro Enrique Buenaventura expresaba “Un actor no puede tener moto…”, pues un accidente de tránsito no sólo afecta a la persona sino el montaje de la obra; un riesgo bastante normalizado en nuestro contexto donde la mayoría de los teatreros no cuentan con transporte propio, y los que lo tienen deben manejar sus propios vehículos, siendo el carro, el menos utilizado, no tanto por amor al medioambiente sino por la incapacidad económica de conseguir uno.
Podría seguir comparando los detalles más profundamente, pero ahora prefiero hablar de la envidia buena, de la que me hizo amar la película, de las tres horas de sutil catarsis chejoviano y del homenaje a uno de los autores teatrales más importantes de todos los tiempos. Esta película es una fiel muestra del evidente parentesco entre el cine y el teatro, no porque nos relate un episodio personal de un genio teatral, sino porque las mejores películas, así como las mejores obras de teatro son grandes historias, sencillas o complejas, en tiempos y lugares definidos cuyos personajes tienen objetivos claros y definidos con agentes que les ayudan y/o se oponen en alcanzar los mismos.
En el caso de Chejov, lo más importante de sus obras son sus personajes, usualmente desafortunados y con el corazón hecho pedazos. En el caso de “Drive my car”, también lo son; vemos a un protagonista sensible, devastado e infinitamente admirado por aquellos que no conocen su triste pasado. Su enemigo principal es él mismo al querer conservar su dolor y soledad. Vemos a la chica que conduce su carro también reprimiendo su dolor inmenso que no necesita contar, con la mirada basta, lo que evidencia también un altísimo nivel actoral, no sólo en ella sino en todo el reparto. Al igual que ellos, encontramos otros personajes que corren la misma suerte, pero comparten el mismo objetivo: estrenar “El tío Vania”.
En esta nueva experiencia artística, Yüsuke descubre que su dolorosa historia no es única, que compartir el dolor sana y ayuda a sanar y que su mejor opción para superar a su enemigo interno es la actuación: aquella a la que le ha cerrado las puertas culpándola de sus mayores desgracias, pero, aunque no lo quiere, debe acudir a ella, porque interpretar a Chejov requiere de aquello a lo que se ha estado resistiendo: mostrarse como realmente es. Sólo de esta forma, el teatro, decir, él mismo volverá a darle sentido a su vida.
Para finalizar, la película está llena de imágenes icónicas que perdurarán por mucho tiempo en la memoria de los amantes del cine, de las cuales sólo quiero mencionar algunas como el Saab 900 rojo, tan fiel como Woody con Andy en las tres primera entregas de Toy Story; vemos a la imponente ciudad de Hiroshima, con uno de los pasados más mortales de las historia de la humanidad, visualmente recuperada gracias a la admirable resiliencia japonesa, pero que el sólo escuchar su nombre, nos lleva a aquél devastador 6 de agosto de 1945;y por último, la imagen de las manos de Yüsuke y Misaky saliendo del sunroof en el frio de la noche, cada una con el cigarro encendido.
En resumidas cuentas, “Drive my car” es la mejor película que he visto en estos primeros cuatro meses del 2022. Un protagonismo vigente del cine japonés en el que Hamaguchi, cumple bien su papel en el legado que nos dejó grandes maestros de su p