Lo peor de una comedia no es que sea tonta. Muchas comedias tontas funcionan porque tienen ritmo, descaro, química o una energía absurda que te arrastra aunque sepas que estás viendo una barbaridad. El problema llega cuando una comedia parece convencida de estar siendo divertida y a ti no te arranca ni media sonrisa. Eso me pasó aquí. Me pareció muy mala, perezosa y poco graciosa. Y confirma algo que cada vez tengo más claro: Kevin Hart, en este tipo de papeles, no me hace ninguna gracia.
La idea de partida no era imposible. Un padre entregado a la casa y a los hijos se queda solo unos días y aprovecha para recuperar su vida, reencontrarse con un viejo amigo y entrar en una espiral de caos adolescente en cuerpo adulto. Podía haber salido una comedia sobre la crisis de identidad, la masculinidad domesticada, la necesidad de tener espacio propio o el ridículo de intentar volver a ser joven cuando ya no toca. Pero la película no desarrolla nada de eso con gracia. Lo usa como excusa para acumular situaciones supuestamente locas.
El personaje de Hart está construido para que todo le pase encima: caídas, gritos, vergüenzas, sustos, humillaciones, problemas familiares y momentos de histeria. Pero casi nunca hay verdadera comicidad. Hay ruido. Hay gestos exagerados. Hay esa sensación de ver a alguien esforzándose muchísimo por resultar simpático sin conseguirlo. Su estilo aquí me agota: la cara de pánico, el chillido, la reacción nerviosa, la torpeza calculada. Puede funcionar en pequeñas dosis o con un guion mejor, pero en una película así se vuelve repetitivo y cansino.
Mark Wahlberg tampoco arregla el conjunto. Su personaje debería ser el contrapunto salvaje, el amigo inmaduro que vive como si cada día fuera una despedida de soltero sin consecuencias. Pero más que divertido me pareció cargante. La película intenta vender una química de colegas opuestos, uno responsable y otro descontrolado, pero la relación se apoya en tópicos muy vistos. Falta chispa real. Falta esa sensación de que los actores se están divirtiendo de verdad y nosotros podemos contagiarnos. Todo parece programado: ahora toca el disparate, ahora la pelea, ahora la vergüenza, ahora el mensajito final.
El humor me resultó especialmente pobre. Demasiados chistes parecen escritos con la idea de que basta con poner a adultos haciendo el ridículo para que el espectador se ría. Animales, fiestas, desnudos, accidentes, canciones, situaciones incómodas, golpes de vergüenza ajena. Pero la mayoría llega sin precisión, sin sorpresa y sin remate. Hay comedias que son vulgares y brillantes; esta simplemente me pareció vulgar sin inspiración. No tiene mala leche, no tiene inteligencia, no tiene locura auténtica.
También falla como historia familiar. Quiere decir algo sobre un padre que ha perdido su espacio, una madre profesional que también merece crecer, el reparto de responsabilidades y la necesidad de no desaparecer dentro de la familia. Eso podría haber sido interesante si estuviera tratado con algo de verdad. Pero todo está explicado de forma tan simple que la emoción parece pegada con celo. Cuando llega la parte de las reconciliaciones, los aprendizajes y los discursos sobre ser uno mismo, la película se vuelve todavía más pesada. Primero no me hizo reír; luego quiso emocionarme. Mala combinación.
Además, tiene ese aspecto de comedia de plataforma hecha para llenar catálogo. No es horrible de una forma memorable, ni disparatada hasta el punto de resultar curiosa, ni tan ofensiva como para comentarla con pasión. Es peor: una película insulsa, de consumo rápido, construida a partir de pedazos de otras comedias familiares y gamberras. Todo suena a ya visto. Todo avanza sin sorpresa. Todo termina donde sabías que iba a terminar. Y mientras tanto, los minutos pesan mucho más de lo que deberían.
Entiendo que alguien pueda verla una tarde sin pedirle nada, incluso encontrarle alguna gracia si conecta con Hart o con Wahlberg. Pero a mí se me hizo cuesta arriba. No encontré esa química que algunos defienden, ni esa ligereza agradable de comedia de viernes por la noche. Me pareció una sucesión de chistes flojos, escenas alargadas y mensajes sentimentales de manual. Una película que quiere hablar del tiempo para uno mismo y acaba haciendo que uno desee usar su tiempo en otra cosa.
Al final, me queda como una comedia fallida, torpe y bastante aburrida. No por falta de medios ni de reparto, sino por falta de gracia, de guion y de verdadera personalidad. Hart vuelve a hacer ese personaje nervioso, gritón y sobrepasado que a mí no me funciona, y la película no le ofrece nada que lo saque de ahí. Si una comedia consigue que mi sensación principal sea cansancio, mal vamos. Un supuesto descanso que termina siendo una pérdida de tiempo.