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decatur555
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3,5
Publicada el 16 de septiembre de 2026
Me pareció un documental entretenido y bastante disfrutable, sobre todo si tienes un mínimo de interés por La Polla Records, por Evaristo o por esa forma tan directa, sucia y lúcida de entender el punk. No creo que sea el documental definitivo sobre el rock radical vasco ni sobre todo lo que significó aquella escena, pero sí funciona como retrato cercano de una banda que nunca necesitó adornarse demasiado para decir las cosas a la cara.

Lo mejor, con diferencia, es Evaristo. Cada vez que aparece hablando, caminando por el campo o soltando una reflexión con esa mezcla de mala leche, lucidez y humor seco, el documental gana vida. Tiene algo muy difícil de fabricar: presencia natural. No parece estar posando para la cámara, ni intentando convertirse en leyenda de sí mismo. Simplemente habla, recuerda, se ríe, se cabrea, relativiza y deja claro que la gracia de La Polla Records estuvo siempre en mirar la realidad sin pedir permiso.

También me gustó que no convierta a la banda en una pieza de museo solemne. Hay documentales musicales que tratan a sus protagonistas como santos laicos, como si todo hubiera sido épico, puro y perfectamente consciente desde el primer día. Aquí hay más tierra, más bar, más pueblo y más caos. La historia de unos chavales que casi sin saber tocar acabaron cruzando generaciones tiene más fuerza precisamente porque conserva algo de accidente, de gamberrada y de impulso colectivo.

La estructura entre Evaristo en el campo y Abel en el bar funciona bastante bien. Uno aporta la chispa, la imagen más libre, casi salvaje, y el otro ayuda a ordenar el recuerdo, a poner fechas, lugares y contexto. Esa combinación evita que todo sea una sucesión de anécdotas sin rumbo. El documental entra mejor cuando deja que esas dos voces se complementen: la memoria como desorden y la memoria como archivo.

Las imágenes de conciertos son otro punto fuerte. Ahí se entiende mejor lo que significaba la banda: no solo canciones, sino una energía compartida, una descarga, una manera de decir “esto es una mierda” con miles de personas respondiendo como si les estuvieran leyendo la vida. Ver a Evaristo convulsionar, escupir frases y moverse como si todavía tuviera algo que pelear transmite mucho más que cualquier explicación académica sobre la importancia del grupo.

Ahora bien, también se queda algo corto. Me habría gustado que entrara más en el contexto político, social y cultural de aquella época. La Polla Records no salieron de la nada: salieron de un país, de una Euskadi, de una rabia, de unos años concretos y de una escena musical con muchas aristas. El documental lo roza, lo sugiere, pero no termina de profundizar en lo que significó realmente el rock radical vasco dentro de España.

También echo en falta más conflicto, más zonas incómodas. La película es simpática, entra bien y tiene ritmo, pero a veces parece demasiado cómoda con la celebración. Entiendo que sea un documental de regreso y despedida, y que quiera capturar el cariño hacia la banda, pero una historia así podía haber dado para mirar más de cerca contradicciones, tensiones internas, desgaste, relación con la industria, censuras, excesos o desencuentros.

Aun así, tiene una ventaja importante: no se hace pesado. Puede que no sea muy profundo, pero sí es ágil, cercano y agradecido. Incluso si uno no es fan absoluto de la banda, resulta fácil entrar por el carisma de Evaristo, por el sentido del humor, por las canciones y por esa sensación de que la historia se cuenta desde dentro, sin demasiada pose. No parece un producto corporativo ni un homenaje plastificado.

Me interesa especialmente cómo muestra que el punk de La Polla Records no era solo ruido o provocación, sino una forma de pensamiento. Las letras podían ser brutas, rápidas, simples en apariencia, pero tenían una claridad política y vital que explica por qué siguen funcionando. Había rabia, sí, pero también una inteligencia popular, una manera de desmontar autoridad, religión, ejército, patria, mercado y obediencia sin ponerse estupendo.

Al final, me queda como un documental bueno, entretenido y muy apoyado en la personalidad de sus protagonistas. No es tan completo ni tan incisivo como podría haber sido, pero tiene verdad, gracia, música y memoria. Funciona porque Evaristo sigue siendo Evaristo, porque las canciones conservan pegada y porque recuerda que, durante mucho tiempo, unos tipos de un pueblo dijeron muchas cosas que otros pensaban pero no se atrevían a gritar.
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