Hay películas que te atrapan de niño y no te sueltan jamás. Toma el dinero y corre fue la primera comedia de Woody Allen que vi —tenía unos diez años— y me marcó para siempre. Recuerdo reírme sin parar con aquel tipo de gafas grandes, nervioso y torpe, metido en líos cada vez más absurdos. Años después, volví a verla y la magia seguía intacta. Fue mi puerta de entrada a su cine, y todavía la considero una de sus películas más frescas y alocadas.
Contada como un falso documental, la historia de Virgil Starkwell no tiene una gran trama, pero tampoco la necesita. Lo importante es la sucesión de gags, el humor absurdo y ese ritmo imparable que no da tregua. Desde la escena de la fuga con la pistola tallada en jabón hasta los interrogatorios, todo está lleno de momentos que hoy serían virales. Allen mezcla la parodia, el slapstick y el humor intelectual con una soltura que desarma. No intenta ser sofisticado; solo quiere hacer reír, y lo consigue con creces.
Virgil, ese delincuente de medio pelo con alma de perdedor, ya anticipa al personaje neurótico y entrañable que Allen desarrollaría en el resto de su filmografía. Pero aquí no hay reflexiones existenciales ni diálogos sobre Kant: hay carcajadas, chistes visuales, entrevistas absurdas y una voz en off que remata cada situación con ironía. Y, aun con esa ligereza, hay un tono melancólico de fondo que lo hace especial. Porque Allen se ríe de su personaje, sí, pero también lo quiere.
A lo largo de los años, el director ha pulido su estilo y nos ha dejado obras más elaboradas, pero pocas tan puras y directas como esta. Tiene ese encanto de las primeras veces, cuando todo es juego y descubrimiento. Quizá por eso funciona tan bien: no pretende impresionar, solo divertir. Y en ese intento, acierta de pleno. Reírse a carcajadas con algo que has visto mil veces no es fácil. Con esta película, sigue pasando.