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decatur555
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2,5
Publicada el 15 de septiembre de 2026
Entiendo perfectamente por qué tiene fama. Entiendo que en su momento pudiera sentirse como una bomba dentro del terror japonés y que mucha gente la recuerde por su tramo final. Pero mi experiencia fue distinta. Mientras la veía, pensaba que quizá llegaba demasiado tarde a una película explicada, citada y mitificada hasta tal punto que el golpe ya no podía entrarme con la fuerza esperada. No me pareció una tontería, ni mucho menos, pero tampoco esa obra maestra incontestable de la que tantas veces se habla.

Lo más interesante es su juego de falsa normalidad. Durante buena parte del metraje parece casi un drama triste sobre la soledad, el deseo de rehacer la vida y la forma bastante discutible en que un viudo intenta encontrar pareja. La idea de organizar una especie de casting sentimental ya tiene algo enfermo antes de que aparezca el horror explícito. La película coloca al protagonista en una posición cómoda, casi amable, pero debajo hay una mirada masculina turbia: elegir, observar, descartar, convertir a las mujeres en candidatas y confundir compañía con posesión. Ahí hay una incomodidad real.

El problema es que esa primera parte, que muchos valoran como paciencia y construcción, a mí se me hizo demasiado fría. Comprendo que la lentitud sea parte del mecanismo, que la película quiera dormirte un poco para después romperte el suelo bajo los pies, pero no siempre sentí tensión acumulada. Hubo momentos en los que me parecía más una espera que una amenaza. La soledad del protagonista, su relación con el hijo y la búsqueda de pareja tienen interés, sí, pero no me atraparon con la densidad emocional que habría necesitado.

Cuando entra Asami, todo mejora. Hay algo en su quietud, en su fragilidad aparente y en esa manera de estar casi suspendida que sí resulta inquietante. No necesita grandes gestos para que uno intuya que algo no está bien. La actriz transmite una mezcla de dulzura, vacío y peligro que es probablemente lo mejor de la película. Su presencia introduce una grieta en el tono, como si la historia romántica se contaminara poco a poco con una pesadilla que estaba esperando desde el principio. Ahí sí reconozco el talento de Miike para hacer que lo cotidiano empiece a parecer venenoso.

También me interesa que el horror no aparezca de repente de la nada, sino como una respuesta deformada a una cadena de daños, deseos, mentiras y expectativas. No es solo una mujer monstruosa ni un hombre inocente atrapado por azar. La película es más incómoda que eso. Hay abuso, fantasía masculina, vulnerabilidad, resentimiento y una violencia que parece nacer de zonas muy dañadas. Esa complejidad explica parte de su prestigio. No es un simple festival de sangre; intenta hacer que el espectador dude sobre desde dónde está mirando.

Pero, aun aceptando todo eso, no terminé de conectar. El famoso tramo final me pareció fuerte, claro, pero quizá menos impactante de lo que esperaba después de tanta leyenda. Es desagradable, tiene imágenes difíciles de olvidar y una crueldad muy concreta, casi quirúrgica, pero no me revolvió tanto como suponía. Tal vez porque ya sabía que algo brutal iba a llegar. Tal vez porque la fama de la película ha convertido su sorpresa en una cita obligatoria. O tal vez porque necesito algo más que un cambio de tono y una escena extrema para sentirme conquistado.

Visualmente tiene momentos potentes, sobre todo cuando abandona la superficie realista y entra en zonas más febriles, confusas y casi alucinadas. Ahí aparece una película más extraña, más libre y más perturbadora. Pero también me resultó irregular. Algunas elipsis y rupturas de lógica tienen fuerza de pesadilla; otras me dejaron fuera. Esa mezcla entre drama, sátira amarga, terror psicológico y explosión grotesca es audaz, sin duda, pero no siempre me pareció plenamente satisfactoria.

Creo que mi distancia tiene mucho que ver con las expectativas. Si la hubiera visto sin saber nada, quizá el impacto habría sido mayor. Viéndola después de años de culto, elogios enormes y frases como “obra maestra del terror”, me encontré con una película interesante, atrevida y con personalidad, pero también lenta, algo fría y menos emocionalmente demoledora de lo prometido. Valoro su importancia, su influencia y su capacidad para esconder una película dentro de otra. Pero una cosa es reconocer lo que representa y otra muy distinta es sentir que me ha atravesado.

Al final, me quedo en un punto intermedio. Respeto la película más de lo que la disfruto. Entiendo su fama, pero no la comparto del todo. Me parece inteligente en su construcción, inquietante en su mirada sobre el deseo masculino y eficaz en algunos momentos de horror físico y psicológico. Pero también me dejó esperando una sacudida mayor, una emoción más profunda o una perturbación que no dependiera tanto de su reputación. Para mí es una obra de culto importante, sí, pero no una experiencia redonda. Admirable a ratos, incómoda en otros, y bastante menos impactante de lo que esperaba.
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