La tercera (casi) nunca va bien.
Llego a 'Romería' con altas expectativas y curiosidad. Las dos obras anteriores de esta trilogía --'Verano 1993' y 'Alcarràs'-- me han dejado una impresión muy clara: la de una cineasta con una sensibilidad particular para observar a sus personajes, para construir escenas aparentemente pequeñas que esconden algo emocionalmente más profundo. Por eso voy con ganas. No con un entusiasmo desbordado tampoco, pero sí con la sensación de que puedo encontrar interesante.
La premisa parecía prometedora. Una joven que intenta reconstruir la figura de sus padres a través de los recuerdos de la familia: silencios incómodos, verdades a medias o manipuladas y una memoria marcada por las drogas y el sida. Lo curioso es que durante gran parte del metraje tengo la sensación de que lo que me interesa no es tanto lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. El estilo de Simón sigue ahí: pausado, observacional, íntimo. Pero la historia, paradójicamente, me resulta distante. Es como que tiene todos los ingredientes y ninguno funciona.
Estoy lleno de contradicciones y dudas durante el trayecto. La película tiene buena pinta, respira autenticidad y, sin embargo, avanzo por ella con una especie de resistencia interna. Me embarco en una aventura que debería interesarme e importarme, pero el camino se siente lejano. Un universo de veleros, mar, ausencias y secretos familiares en el que nunca consigo sentirme verdaderamente implicado.
La presencia de la protagonista, Marina (Llúcia Garcia), es un punto que me genera constante fricción. No diría que es mala, ni mucho menos; de hecho, puedo imaginarla perfectamente desarrollando una carrera dentro del cine español. Pero en esta película, llego a detestar a su personaje. Se me vuelve progresivamente irritante, incluso pedante en algunos momentos, y esa incomodidad acaba contaminando buena parte de mi relación con la historia. Lo curioso es que tampoco estoy seguro de dónde nace exactamente ese sentimiento tan venenoso. No sabría decir si el problema está en la construcción del personaje, en la forma en que está escrito, o en algo más tangible relacionado con la interpretación. Se me hace natural y me distancia por completo al mismo tiempo. Reconozco que la actriz puede tener futuro, pero también siento que aquí no consigo convencerme.
Pero si hay un elemento que me revuelve por dentro, es el vínculo afectivo entre ella y un personaje de su mismo árbol genealógico, su primo. Entiendo perfectamente que pueda plantearse como una metáfora, como un gesto simbólico explicado dentro de la narrativa y que tiene su sentido. Pero incluso aceptando esa lectura, la elección me resulta profundamente alocada. Hay decisiones narrativas que uno puede interpretar, racionalizar o contextualizar, y aun así seguir sintiendo que producen una incomodidad difícil de reconciliar con el resto del relato.
Mi principal problema con esta película, es que nunca consigue que me importe realmente lo que sucede. Ni los personajes ni sus conflictos logran implicarme emocionalmente profundamente. Aunque entiendo, comprendo y empatizo con la protagonista. Avanzo por el metraje con la sensación de estar observando algo que, en teoría, debería tener peso dramático, pero que para mí permanece en la lejanía.
Incluso cuando la obra adopta un estilo contemplativo y prácticamente experimental, una búsqueda estética que parece querer culminar el significado de lo visto hasta ese momento y, a pesar de lo fanático y admirador que soy de ese estilo, no puedo convencerme de que me gusta, porque no lo hace. Al menos suaviza la sensación de absoluto rechazo que había tenido desde el principio.
Me llevo la impresión de ser una obra irregular, incapaz de sostener mi interés. Dentro del recorrido reciente de Carla Simón, no solo me parece la peor parte de la trilogía, sino que se convierte también en una de las experiencias más frustrantes que he tenido como espectador en bastante tiempo. Una película que, más que enfadarme o provocarme, me deja sobre todo con un sentimiento de desconexión.