Me gustó bastante. Tiene algo pequeño, sencillo y muy humano que funciona muy bien: dos primos viajando por Polonia para conectar con la memoria de su abuela y, al mismo tiempo, chocando todo el rato porque cada uno lleva el dolor de una forma distinta. No es una película enorme, pero sí de esas que parecen ligeras y luego van dejando más poso del que aparentan.
La pareja principal sostiene todo. Jesse Eisenberg está en su registro de nervios, rigidez, ansiedad y control, pero aquí eso encaja muy bien con David. Es un hombre correcto, educado, contenido, de los que intentan que todo salga bien aunque por dentro estén llenos de incomodidad. Frente a él, Benji es justo lo contrario: expansivo, imprevisible, encantador, insoportable y profundamente triste.
Kieran Culkin se come muchas escenas, y eso tiene mérito porque el personaje podía haber sido solo “el primo raro que da vergüenza”. Benji interrumpe, incomoda, hace bromas cuando no debe, invade espacios ajenos y parece incapaz de comportarse como se espera. Pero debajo de esa energía hay un dolor real, una herida que no sabe ordenar. Por eso puede resultar irritante y magnético a la vez.
Lo interesante es que la película no juzga fácil a ninguno de los dos. David parece el adulto funcional, pero también es envidioso, reprimido y cobarde emocionalmente. Benji parece el desastre, pero muchas veces es quien percibe antes la falsedad, la solemnidad vacía o la necesidad de mirar de verdad a las personas. Uno se protege controlándolo todo; el otro se rompe delante de todos.
La escena del cementerio judío me gustó mucho. Cuando Benji hace callar al guía para que recuerden a las personas enterradas, no lo viví como una simple salida de tono. Es incómodo, claro, pero también tiene sentido: hay momentos en que la explicación turística puede convertirse en ruido, en una forma educada de pasar por encima del dolor. Benji, con todas sus formas caóticas, entiende eso.
La película acierta al tratar el Holocausto sin convertirlo en postal solemne ni en lección de museo. El viaje tiene algo de turismo de memoria, y eso podía salir muy mal, pero Eisenberg encuentra un tono delicado: hay humor, torpeza, culpa, curiosidad, vergüenza y respeto. Los personajes no saben del todo cómo comportarse ante ese pasado, y esa duda me parece honesta.
También me gustó la música. Ese Chopin ligado a Polonia le da una melancolía muy especial, y además me conectó con mis propios recuerdos de cuando aprendía música de pequeño. No es una banda sonora que subraye de forma burda, sino una presencia que acompaña el viaje con una tristeza elegante, casi familiar.
El desahogo de David en el restaurante es una de las mejores escenas. Ahí sale todo: cariño, rabia, envidia, agotamiento, culpa y esa sensación de querer muchísimo a alguien que también te consume. David no odia a Benji; lo quiere, pero está cansado de orbitar alrededor de su caos. Y al mismo tiempo le duele que Benji tenga una facilidad para conectar con los demás que él no tiene.
Esa ambivalencia está muy bien observada. Hay familias en las que uno parece cargar con la estabilidad y otro con el carisma, uno con las normas y otro con la emoción. La película entiende lo injusto que puede sentirse eso para ambos. Benji sufre, pero David también sufre al lado de Benji. Y ninguno de los dos sabe traducir bien ese dolor.
Puede parecer una película muy escrita, incluso un poco calculada en su equilibrio entre risa y tristeza, pero no me molestó demasiado porque las emociones llegan limpias. Es breve, va al grano y no necesita grandes giros. Su fuerza está en los roces, en los silencios después de una broma, en la incomodidad de no saber qué hacer con una pena heredada.
El grupo del viaje también ayuda. No son personajes profundísimos, pero dan contexto y permiten ver cómo Benji afecta a todos: a veces ilumina la escena, a veces la sabotea, a veces dice justo lo que nadie se atreve a decir. Ese efecto expansivo explica por qué David lo quiere y por qué no puede más con él.
Lo que más valoro es que no ofrece una solución fácil. El viaje no cura a nadie ni ordena mágicamente la vida de los primos. Volver al lugar del dolor familiar no garantiza entenderlo todo. A veces solo permite mirarlo un poco mejor, aceptar que hay heridas que se heredan y que cada uno las lleva como puede.
Al final, me queda como una comedia dramática muy bonita, triste y contenida. Me hizo sonreír, me incomodó y me tocó más de lo que esperaba. Kieran Culkin está espléndido, Eisenberg sabe acompañarlo sin competir y la película encuentra un tono difícil: ligero sin ser superficial, doloroso sin volverse tremendista. Una pequeña historia sobre familia, memoria y dolor que se queda dentro.