No voy a negar que Vaiana 2 se deja ver con gusto. Es entretenida, colorista y vuelve a ese universo que ya conocíamos y que, en su momento, funcionó muy bien. Pero también es una de esas secuelas que se sienten más como una prolongación automática que como una verdadera necesidad. Está bien hecha, sí, pero rara vez sorprende.
El mayor problema está en la sensación de repetición. La película avanza con corrección, encadenando situaciones que funcionan de manera aislada, pero sin una verdadera urgencia narrativa. Todo parece avanzar porque tiene que avanzar, no porque el viaje lo exija. Da la impresión de que la historia tarda demasiado en encontrar su razón de ser, y cuando lo hace, ya estamos bastante acomodados en terreno conocido.
Visualmente, no hay reproches. La animación es espectacular, el océano vuelve a ser hipnótico y el diseño del mundo sigue siendo uno de los grandes logros de Disney en los últimos años. Hay momentos que se disfrutan solo por cómo están animados, con una atención al detalle que roza lo apabullante. En ese sentido, la película cumple con creces.
Las canciones, sin embargo, no tienen el mismo peso que en la primera entrega. Acompañan, animan y mantienen el tono, pero pocas dejan huella real. Funcionan dentro de la película, pero cuesta recordarlas cuando termina. No estorban, pero tampoco elevan la experiencia.
Vaiana 2 acaba siendo una secuela correcta, amable y pensada para no molestar a nadie. Cumple con su público más fiel, especialmente el infantil, pero difícilmente dejará una marca duradera. Se disfruta mientras dura, y poco más. Cuando termina, la sensación es clara: ha estado bien… pero no era imprescindible.