Perfect days • 9 sobre 10
(Japón-Alemania, 2023, 123’) Director: Wim Wenders, con Kōji Yakusho, Tokio Emoto, Arisa Nakano
Sinopsis: No solo una historia, sino una muestra de cómo estar en el mundo.
Un hombre limpia baños públicos en Tokio. Se llama Hirayama. Vive solo en un apartamento mínimo, se despierta siempre a la misma hora, se lava, riega sus plantas, se sube a su furgoneta y va a trabajar. Limpia con esmero, con respeto, con una atención que roza lo ceremonial. Por las noches lee, escucha viejas cintas de música, fotografía árboles. Nada más. Nada menos. En manos menos delicadas, este argumento sería una anécdota o un ejercicio de exotismo. En manos de Wim Wenders se convierte en una meditación silenciosa sobre el tiempo, la dignidad y la felicidad no como circunstancia, sino como decisión.
Aquí no hay conflicto en el sentido clásico. No hay una trama que avance, ni un misterio que resolver, ni un pasado que deba ser revelado. Lo que hay es una sucesión de días, casi idénticos entre sí, en los que pequeñas variaciones —una visita inesperada, una conversación breve, un gesto de cansancio— introducen fisuras mínimas en una vida que parece deliberadamente contenida.
Wenders filma como quien no quiere molestar. La cámara observa desde una distancia respetuosa, sin subrayados, sin música invasiva, sin explicaciones psicológicas. Hirayama no se confiesa, no se analiza, no se justifica. Simplemente existe. Y en esa existencia callada se va dibujando, poco a poco, un retrato de una profundidad inesperada. Kōji Yakusho compone un personaje extraordinario desde la contención más absoluta. Su rostro, sus silencios, la forma en que sonríe apenas o baja los ojos, dicen más que páginas enteras de diálogo. Es un actor que entiende que, a veces, interpretar es desaparecer como persona para que solamente viva el personaje.
La película está hecha de rituales: abrir una persiana, elegir una cinta, limpiar un espejo, encuadrar una fotografía. Gestos repetidos que no pesan, que no alienan, que parecen sostener al personaje como una arquitectura invisible. No estamos ante la monotonía como condena, sino ante la repetición como refugio.
Ahí aparece, sin decirlo nunca, una de las preguntas centrales del film: ¿es esta una vida pequeña o puede ser una vida sabia? Porque Hirayama no parece infeliz. Tampoco parece especialmente feliz. Está, sencillamente, en paz. Y esa paz, en una época obsesionada con el éxito, el progreso y la exhibición constante, resulta casi subversiva. En ningún momento la cinta nos recuerda que Hirayama limpia el estiércol de otros. No es un placer, pero tampoco una degradación; hay en ello una forma de grandeza, la de aceptar sin rencor lo que se presenta como irremediable. Frente a su pobreza se recortan otros que viven una miseria de lamentaciones, teniéndolo todo y no teniendo a nadie con quien comparttirlo, ni siquiera con ellos mismos habitándose en paz.
La ciudad de Tokio, filmada lejos del vértigo habitual, se convierte en un fondo sereno, casi amable. Los famosos baños públicos diseñados por arquitectos de prestigio no son aquí objetos de diseño, sino lugares humanos, espacios de tránsito donde la limpieza adquiere un valor moral: cuidar lo que otros usan, ordenar lo que otros ensucian, dejar el mundo un poco mejor de como se lo encontró. Hay, además, una melancolía suave que recorre toda la película. Algo en el pasado de Hirayama parece haber quedado atrás, sin rencor pero sin olvido. La vida no siempre fue así. Pero ahora es así. Y eso basta.
La secuencia final —sin revelarla— es una de las más hermosas que ha filmado Wenders en muchos años: un rostro atravesado por emociones contradictorias, por la memoria, por el cansancio, por una alegría que no se atreve del todo a decir su nombre. Perfect Days no pretende enseñar nada. No ofrece moralejas ni recetas de vida. Se limita a mostrar, con una delicadeza extrema, que tal vez la felicidad no está en los grandes acontecimientos, sino en la manera de habitar los días.
Hay cine que entretiene. Hay cine que impresiona. Y hay un cine rarísimo, casi secreto, que simplemente acompaña. Este pertenece a ese linaje discreto y valioso de películas que, cuando terminan, no se aplauden por fuera, sino que se agradecen por dentro. Son pocas las películas que nos demoran cuando las luces se encienden y tenemos que abandonar ese mundo mágico en que nos habíamos sumido unos pocos momentos antes. No me llego hasta el 10 porque eso no es admirar, sería coronar, lo cual no deja margen a lo humano de los otros, precisamente lo contrario de lo que propone esta cinta. Un 9 propone, un 10, impone: no es frialdad ni soberbia, precisamente es respeto.
Se puede escribir una reseña como un resumen de uno mismo. O se puede hablar desde una película cuando ella misma pronuncia casi en silencio muchísimas cosas.