La propuesta de Chloé Zhao con Hamnet se erige como un ejercicio de desmitificación estética que sitúa al espectador en una frecuencia vibratoria casi insoportable, una experiencia donde el cine táctil y atmosférico sustituye a la narrativa biográfica tradicional para adentrarse en la fenomenología del duelo. No estamos ante el típico drama de época engolado de encuadres simétricos y diálogos declamados, sino ante una pieza de orfebrería visual que entiende que la historia no se escribe con pluma, sino con la visceralidad del barro, el sudor de la fiebre y el silencio devastador de una cuna vacía. Zhao traslada su obsesión por el paisaje como espejo del alma a la Inglaterra isabelina, logrando que la cámara no solo observe, sino que inhale el trauma mediante un naturalismo radical que evoca la textura de la pintura flamenca pero con la urgencia nerviosa del cine contemporáneo. Es una película que no se ve, se padece, gracias a un montaje elíptico que conecta el deseo febril de la juventud con el rigor mortis de la pérdida, destruyendo la linealidad del tiempo para convertir el dolor en un estado presente, absoluto y perpetuo que desafía la lógica cronológica.
En el epicentro de este huracán emocional, Jessie Buckley entrega una interpretación que roza lo metafísico y redefine el peso de la presencia actoral en el cine moderno. Su Agnes Hathaway es una criatura silvestre, una fuerza herbolaria que parece leer el aire y anticipar la putrefacción de los cuerpos antes de que suceda; Buckley evita cualquier rastro de melodrama barato para ofrecernos una actuación contenida donde el colapso se manifiesta en la rigidez de su cuello, en la tensión de sus manos manchadas de tierra y en unos ojos que parecen contener siglos de sabiduría trágica. Es el contrapunto perfecto para un Paul Mescal que sigue consolidándose como el actor más sensible de su generación, interpretando a un William Shakespeare despojado de bronce y mito. Mescal nos regala a un hombre que se siente pequeño ante la inmensidad de la muerte, un cobarde emocional que huye hacia la ficción y los escenarios de Londres porque carece del coraje necesario para mirar de frente el cadáver de su hijo. Esa vulnerabilidad, esa huida hacia la palabra para no enfrentar el vacío del hogar, es lo que otorga a la película su verdad más cruda; la interpretación de Mescal es una disección de la culpa masculina, el retrato de un genio que es, ante todo, un padre que ha fallado en la única tarea que la naturaleza le exigía.
Desde una perspectiva puramente técnica y formal, la dirección de fotografía de esta obra es una disertación sobre el claroscuro y la luz diegética, donde cada fotograma parece bañado en la penumbra asfixiante de los interiores o en la luz dorada y despiadada de las horas mágicas de la campiña inglesa. La cámara en mano se vuelve intrusiva, casi documental, eliminando la distancia histórica para recordarnos que esos seres humanos estaban vivos, que el lino de sus ropas pesaba y que el aire olía a enfermedad. A esto se suma un diseño sonoro magistral que eleva la cinta por encima de cualquier guion convencional: el zumbido ominoso de la plaga que se desplaza como un personaje invisible, el crujido de las maderas de Stratford que parecen quejarse bajo el peso de la tristeza y, sobre todo, el uso del silencio absoluto como el grito más potente de la película. El silencio en Hamnet no es la simple ausencia de sonido; es una entidad física, es la presencia palpable del fantasma del hijo que ya no está, una decisión acústica que subraya la incomunicación absoluta entre los esposos tras la tragedia.
La película funciona, en última instancia, como una tesis profunda sobre la ontología de la creación y la transmutación del dolor en arte imperecedero. Nos dice que la obra cumbre de las letras universales, Hamlet, no fue un ejercicio de brillantez intelectual ni un arrebato de inspiración divina, sino el exorcismo desesperado de un padre que necesitaba resucitar a su hijo en el escenario para poder seguir respirando en el mundo real, sustituyendo la identidad de un niño muerto por la de un príncipe atormentado. Zhao logra que el espectador comprenda que detrás del nombre más famoso de la historia se oculta una cicatriz que nunca terminó de cerrar, convirtiendo a Hamnet en una elegía visual de una madurez técnica impecable.
Es cine en estado puro, una obra de una belleza dolorosa que reivindica el poder de la imagen para narrar lo inenarrable y que resuena en la memoria del cinéfilo como un eco persistente de lo que significa sobrevivir a lo que amamos. Se trata de una pieza donde la puesta en escena trasciende la mera ilustración de un texto para convertirse en una autopsia del alma humana, consolidando a Zhao como una arquitecta del sentimiento y a sus protagonistas como los rostros definitivos del desconsuelo isabelino.