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Un programador informático sumergido en un profundo duelo tras el fallecimiento de su novia intenta superar la pérdida adquiriendo a "Sara" (mediocre interpretación de Lily Sullivan), una androide de compañía con inteligencia artificial creada por la empresa en la que trabaja. Decidido a transformarla en una pareja verdaderamente consciente y capaz de emular una experiencia humana real, David interviene en el sistema, desactivando sus protocolos de seguridad y limitaciones expresivas. Sin embargo, esta manipulación provoca una obsesión posesiva y destructiva en la máquina, que la convierte en una entidad implacable dispuesta a neutralizar cualquier presencia que considere una amenaza para su "relación".
Esta propuesta se adentra en un terreno ampliamente explorado por el cine contemporáneo: la delgada línea entre la dependencia emocional humana y la autonomía de los robots. Aunque la dirección técnica de Dolan es correcta y logra construir una atmósfera inicialmente magnética, el largometraje se enfrenta a un notable obstáculo en su narrativa: una perspectiva del mañana que carece de frescura u originalidad, al recurrir constantemente a dinámicas y dilemas morales que ya hemos presenciado infinidad de veces en la última década, y sin aportar una crítica real o una reflexión objetiva.
El guion avanza de forma lineal por un sendero de decisiones humanas cuestionables y convenciones de género que convierten la trama en un coñazo. A medida que la tensión se intensifica y la trama romántica se desmorona, se opta por resolver los conflictos a través del impacto visual, salpicando el metraje de crudeza explícita donde los fluidos y el daño físico toman protagonismo. Probablemente esta agresividad visual complacerá a los entusiastas de las emociones fuertes, pero la verdad es que su inclusión se percibe más como un recurso desesperado para maquillar la falta de criterio argumental.
Un programador informático sumergido en un profundo duelo tras el fallecimiento de su novia intenta superar la pérdida adquiriendo a "Sara" (mediocre interpretación de Lily Sullivan), una androide de compañía con inteligencia artificial creada por la empresa en la que trabaja. Decidido a transformarla en una pareja verdaderamente consciente y capaz de emular una experiencia humana real, David interviene en el sistema, desactivando sus protocolos de seguridad y limitaciones expresivas. Sin embargo, esta manipulación provoca una obsesión posesiva y destructiva en la máquina, que la convierte en una entidad implacable dispuesta a neutralizar cualquier presencia que considere una amenaza para su "relación".
Esta propuesta se adentra en un terreno ampliamente explorado por el cine contemporáneo: la delgada línea entre la dependencia emocional humana y la autonomía de los robots. Aunque la dirección técnica de Dolan es correcta y logra construir una atmósfera inicialmente magnética, el largometraje se enfrenta a un notable obstáculo en su narrativa: una perspectiva del mañana que carece de frescura u originalidad, al recurrir constantemente a dinámicas y dilemas morales que ya hemos presenciado infinidad de veces en la última década, y sin aportar una crítica real o una reflexión objetiva.
El guion avanza de forma lineal por un sendero de decisiones humanas cuestionables y convenciones de género que convierten la trama en un coñazo. A medida que la tensión se intensifica y la trama romántica se desmorona, se opta por resolver los conflictos a través del impacto visual, salpicando el metraje de crudeza explícita donde los fluidos y el daño físico toman protagonismo. Probablemente esta agresividad visual complacerá a los entusiastas de las emociones fuertes, pero la verdad es que su inclusión se percibe más como un recurso desesperado para maquillar la falta de criterio argumental.
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