Una historia tan real como atrevida por exponer claramente el sufrimiento de cada miembro de la “familia” en una separación, especialmente la de Dani de 7 años y una madre que no es la suya biológica, pero sí es la que él asume como madre, y la de ésta que ama al niño y se siente sin derechos, como una abeja obrera y no como una reina, revoloteando sobre él a escondidas, de forma casi clandestina.
Profundidad, sensibilidad y tensión, con silencios en primeros planos iluminados de forma magistral según el nivel de intimidad de cada vivencia, las relaciones de pareja envueltas en miedo y penumbra, en la alegría del niño estalla la luz.
Yolanda Centeno y Jesús Luque consiguen elevar la gravedad con una tristeza que no permite el desahogo, cada escena en la que te encuentras a punto de llorar es interrumpida por otra escena operativa, sin poder liberar el llanto, y es así como se van sumando minuto a minuto una tristeza que te hace sentir lo que sienten los personajes.
Una obra necesaria en un contexto en el que la familia tradicional es un concepto que tiende a desaparecer. Con un ritmo pausado este largometraje invita a reflexionar sobre cómo a veces jugamos con los vínculos pensando que van a ser efímeros, cuando algunos serán eternos