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2,0
Publicada el 12 de abril de 2025
En principio, parece un ejercicio cinematográfico de blanqueamiento empresarial corrupto y mangoneante, -que lo es-, pero también es una comedia repleta de edificantes moralejas llevada con esmero por Mar Olid y el personal se lo pasa muy bien, con abundancia de gages y situaciones más o menos previsibles y con una Sálamo encantadora (en mi percepción personal). Como todas las producciones de Mediaset, «Al otro barrio», en el cine, una presentación MARCIANA. .2️⃣/5. ··PICARD··
Gran película para ver en familia y muy divertida, mucha diversidad en la pantalla ya era hora e increíble actuación de Javier Herrera no le conocía mucho, pero me ha encantado.
Tenía mis prejuicios sobre la película antes de verla pero me ha sorprendido para bien. Me ha gustado mucho y me ha hecho gracia, me da igual lo que digan las críticas profesionales!! La recomiendo
Hay una clase de comedia que parece construida para no molestar demasiado a nadie. Tiene personajes reconocibles, conflicto social, choque entre mundos, algún gag efectivo, una pequeña dosis de crítica y el inevitable momento en el que la risa deja paso a la emoción. Al otro barrio pertenece de lleno a esa fórmula. No es una mala película, pero resulta tan previsible en sus intenciones que acaba dejando muy poca huella.
La premisa permite enfrentar dos realidades sociales y jugar con los prejuicios de quienes miran un barrio popular desde fuera. Ese punto de partida tiene posibilidades porque da pie tanto a la comedia como a una mirada crítica sobre la clase, la condescendencia y esa forma tan cómoda de opinar sobre determinados lugares sin conocer realmente a quienes viven en ellos. El problema es que la película rara vez profundiza lo suficiente como para que esas ideas resulten especialmente incisivas.
Todo está construido desde una amabilidad muy evidente. Los conflictos existen, pero casi siempre parecen diseñados para resolverse dentro de un territorio emocional seguro. Incluso cuando la película quiere señalar clasismo, paternalismo o desigualdad, lo hace sin demasiada mala leche. Prefiere la conciliación al conflicto verdadero, y esa elección hace que el mensaje sea fácil de aceptar pero también fácil de olvidar.
Además, vuelve a aparecer algo que me pasa cada vez más con determinadas comedias españolas: empiezan queriendo hacer reír y terminan necesitando demostrar que también tienen corazón. En algún momento parece obligatorio introducir problemas sociales, heridas personales o una emoción suficientemente clara para que el espectador salga con la sensación de haber visto algo más que una comedia. No hay nada malo en mezclar humor y emoción; el problema aparece cuando el mecanismo se nota demasiado.
Aquí se nota. Uno empieza identificando la estructura antes incluso de que la película termine de desplegarla. Sabes que el choque de mundos tendrá que generar aprendizaje, que los prejuicios acabarán siendo cuestionados y que los personajes tendrán que descubrir que las personas al otro lado de la frontera social son bastante más complejas de lo que suponían. Todo eso puede funcionar, pero necesita personajes con mucha personalidad para no parecer una plantilla.
Y ahí Quim Gutiérrez marca diferencias. Es, con bastante distancia, lo que más me interesa de la película. Tiene una versatilidad que le permite moverse entre la comedia, la incomodidad, el personaje arrogante, la vulnerabilidad y cierto patetismo sin dar siempre la impresión de estar interpretando la misma versión de sí mismo. Puede cambiar de tono dentro de una misma escena y hacer que un personaje poco atractivo resulte soportable e incluso simpático.
Eso es algo que valoro especialmente porque demuestra variedad de registros. Hay actores a los que uno identifica inmediatamente con una forma muy concreta de hablar, moverse o expresar intensidad, hasta el punto de que el personaje termina adaptándose al actor. Con Quim Gutiérrez ocurre bastante menos. Aquí vuelve a demostrar que puede colocarse al servicio de un tono ligero sin quedarse atrapado en una única máscara interpretativa.
El resto del reparto cumple, pero nadie me dejó una impresión especialmente fuerte. No hay una interpretación mala que estropee la película, pero tampoco aparece ese secundario que robe escenas o ese personaje que uno recuerde al terminar. Todo funciona dentro de la maquinaria general y precisamente ahí está parte del problema: demasiadas piezas son correctas y demasiado pocas son memorables.
Mar Olid mantiene un ritmo suficientemente ágil para que la película no se haga pesada. Sabe cuándo acelerar los diálogos, cuándo dejar que el choque cultural produzca humor y cómo mantener el tono amable. Técnicamente resulta profesional, limpia y accesible. Pero también le falta una voz más marcada, algo que haga que esta comedia se distinga de otras muchas que utilizan mecanismos parecidos.
La mirada social tampoco termina de escapar de cierta contradicción. La película quiere desmontar prejuicios, pero para hacerlo necesita utilizarlos continuamente como motor cómico. Eso provoca que a veces la caricatura pese más que la observación y que determinadas diferencias sociales parezcan reducidas a rasgos fácilmente reconocibles. Se entiende perfectamente qué quiere decir, pero demasiado a menudo se ve también cómo está intentando decirlo.
Y ese es probablemente el resumen de Al otro barrio: se ve demasiado el mecanismo. Sabemos cuándo busca la risa, cuándo quiere que juzguemos un prejuicio y cuándo intenta cambiar la sonrisa por una pequeña lágrima. Todo está suficientemente bien ejecutado como para que se pueda ver sin problemas, pero casi nunca alcanza esa espontaneidad que permite que una comedia permanezca en la memoria.
No salí enfadado ni aburrido. Simplemente terminó y empezó a desaparecer. Quim Gutiérrez aporta más matices de los que la propia película parece exigirle y demuestra otra vez que tiene registros distintos. Lo demás funciona, entretiene y cumple. Pero cuando cinco minutos después cuesta recordar una escena realmente especial, un personaje inolvidable o una idea que siga dando vueltas, queda una sensación bastante clara: correcta, amable, perfectamente visible… y tremendamente olvidable.