Eddington me ha parecido una película estimulante, incómoda y bastante irregular. Se deja ver bien porque Ari Aster sabe cargar el ambiente, tensar las escenas y transmitir la sensación de que todo está a punto de estallar. La sitúa en plena época del COVID-19, pero no para usar la pandemia como simple decorado, sino para meterse de lleno en el miedo, la paranoia, las conspiraciones y esa crispación moral que acabó contaminándolo todo.
Lo más interesante está en cómo retrata un mundo en el que nadie parece escuchar a nadie. Todo pasa por el filtro del móvil, del discurso, de la sospecha y de la necesidad de tener razón. La película capta bastante bien esa sensación de locura compartida, de realidad deformada, de sociedad atrapada entre la pose pública, el delirio privado y el enfrentamiento constante. Ahí sí tiene fuerza y mala leche.
Joaquin Phoenix vuelve a demostrar que sabe moverse como pocos en personajes incómodos, torcidos, incluso ridículos, sin dejar de resultar magnético. También Pedro Pascal aporta presencia, y entre los dos sostienen bastante bien una película que, por momentos, parece empeñada en sabotearse a sí misma. Aster sigue teniendo ojo para lo enfermizo, para el detalle absurdo y para crear una tensión que nunca termina de estar quieta.
El problema es que quiere meter demasiadas cosas a la vez. Sátira política, comedia negra, thriller, retrato social, violencia, absurdo... y no siempre lo encaja todo con la misma precisión. Hay ratos en los que esa mezcla funciona muy bien, pero otros en los que la película se dispersa, se recrea demasiado y acaba dando una cierta sensación de exceso. Se nota que tiene ideas, pero no todas llegan igual de bien.
Tampoco ayuda que varios personajes estén más pensados como símbolos de una sociedad enferma que como personas con verdadera vida interior. Eso refuerza la lectura general, sí, pero le resta algo de emoción. Y en una película tan larga y tan cargada de ruido, se echa de menos un poco más de humanidad entre tanta mala baba y tanta histeria colectiva.
Aun así, me ha gustado. No me parece una obra redonda ni lo mejor de Ari Aster, pero sí una película con personalidad, tensión y una mirada bastante afilada sobre una época que todavía sigue escociendo. Es irregular, a veces demasiado consciente de sí misma, pero también lo bastante incómoda y potente como para que merezca la pena verla.