Furiosamente a punto de quitarla.
Termino 'La furia' con una sensación incómoda, no por lo que me cuentan. Más bien por cómo me quedo después de visionarla. Durante buena parte del metraje no supe si estaba ante una obra valiente, o ante una de esas experiencias que uno respeta intelectualmente pero no desea repetir jamás. Tanto, que acabo prácticamente en el rechazo.
Inevitablemente pienso constantemente en 'Irreversible', de Gaspar Noé, pero sin la explicitud icónica. Es más bien por esa atmósfera sensorial que lo impregna todo: techno insistente, cámara inquieta, cuerpos atravesando espacios nocturnos. La agresión no necesita ser mostrada para sentirse. En ese sentido, la decisión me parece bien. Mostrar o no mostrar es una cuestión formal: lo esencial es la eficacia.
El conflicto central --la devastación psicológica de una víctima de abuso-- es, en sí mismo, demoledor. La película quiere situarnos dentro de una mente fracturada, en esa lucha íntima donde la culpa, el miedo y la rabia se mezclan sin orden. El problema, al menos para mí, es que esa fractura emocional no terminó de atravesarme. Gran parte de esa distancia la atribuyo a la interpretación de Ángela Cervantes. Tiene momentos sólidos, incluso intensos, pero en demasiados tramos la siento forzada, consciente de sí misma y de que sigue un guion. No es una mala actuación en términos absolutos; simplemente no me la creo. Estoy más pendiente del gesto, del énfasis, de la construcción de personaje, que de la herida que debería estar sangrando ante mis ojos. Esa conciencia constante de estar viendo una interpretación me impide abandonarme a la experiencia.
El resto del reparto, por desgracia, no termina de compensar esa sensación. Nadie desentona, nadie destaca. Percibo actores implicados, disciplinados, pero raramente orgánicos. Como si el texto estuviera memorizado con precisión, pero no sienten lo que intentan transmitir.
Percibo una voluntad estética clara en cuanto a la dirección de Gemma Blasco. Incluso ambiciosa. Hay un deseo de contemplación, de estilización del dolor, de convertir todo esto en un cine muy sensorial, pero sin transmitir nada. Pienso en uno de los planos finales, dominado por el rojo, que busca --supongo-- la abstracción, pero que casi me provoca quitar la película del rechazo. Sentía que el estilo se imponía a la emoción, que la forma reclamaba mas atención que el fondo.
El núcleo del relato es la forma de intentar gestionar un abuso desde el punto de vista de la víctima. No es una narración de hechos, sino un retrato de consecuencias. Me interesa la voluntad de no simplificar el trauma, de no convertirlo en un relato cómodo. Sin embargo, la factura no terminó de atravesarme como espectador. Comprendo el dolor, lo reconozco, pero no lo siento. Tampoco puedo acusar a la película de tibieza. No suaviza la violencia moral del agresor. La miseria del acto está clara, y la devastación posterior también. No se simplifica la respuesta de la víctima: el miedo a denunciar y a su vez, la sed de venganza. Como espectador, me resulta frustrante esa negativa reiterada ante la ayuda ofrecida.
'La furia' no es una experiencia cómoda. No pretende serlo. Me enfada en algunos momentos, me distancia en otros, y me deja casi indiferente en algunos sentidos. No creo volver a verla en mucho tiempo, quizá nunca más. La voy a recordar más por el rechazo que me generó cuando la vi, que del impacto emocional que debería haber tenido.