Herida abierta
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1,0
Publicada el 30 de junio de 2026
Herida abierta es un bodrio de acción construido casi exclusivamente para el lucimiento de Steven Seagal. Y lo peor no es solo que sea mala, sino que tiene ese tipo de mala calidad industrial que impresiona: la película parece convencida de que basta con poner a Seagal andando serio, pegando sin despeinarse y soltando frases de tipo duro para que todo funcione. Pero no funciona. Ni como thriller policial, ni como película de corrupción, ni como entretenimiento de acción mínimamente digno.

La historia va de un policía de Detroit, Orin Boyd, que no respeta las normas, se mete donde no debe y acaba descubriendo una trama de corrupción dentro del propio cuerpo policial. Es el esquema más sobado posible: poli rebelde, jefes que lo castigan, compañeros sospechosos, narcotráfico, traiciones, persecuciones, tiroteos y un protagonista que siempre tiene razón aunque el guion haga piruetas para justificarlo. Todo suena a película de acción de manual, pero escrita con el piloto automático puesto.

El problema principal es Steven Seagal. No tiene carisma suficiente para sostener la película, no transmite tensión, no transmite peligro real y sus escenas de acción están montadas para que parezca invencible sin exigirle demasiado. Todo gira a su alrededor, pero el centro está vacío. Viéndolo aquí, cuesta entender cómo pudo llegar a ocupar durante años un lugar tan visible dentro del cine de acción. Una cosa es tener presencia física y otra muy distinta ser una estrella capaz de dar vida a una película.

Lo más desesperante es que Herida abierta ni siquiera es divertida de lo mala que es. Hay películas de acción absurdas que al menos tienen ritmo, exageración, encanto basura o una energía desvergonzada. Aquí casi todo resulta mecánico, feo, torpe y perezoso. La trama es simplona y confusa al mismo tiempo, los diálogos parecen escritos para rellenar huecos entre golpes y la corrupción policial funciona más como excusa para juntar escenas de violencia que como verdadero conflicto.

DMX aporta algo más de presencia que Seagal, aunque tampoco puede hacer milagros. Anthony Anderson intenta meter humor, Tom Arnold aparece como alivio cómico y Michael Jai White tiene una presencia física que, sinceramente, habría merecido una película mucho mejor. Hay actores alrededor que podrían haber dado más juego, pero todo queda subordinado a la maquinaria Seagal, y esa maquinaria ya venía bastante oxidada.

Andrzej Bartkowiak, que venía de la fotografía y sabía mover mejor la cámara que muchos directores de acción alimenticia, consigue que algunas escenas tengan un mínimo de empaque. Pero eso no salva el conjunto. Un par de tiroteos aceptables o una persecución medio decente no convierten esto en una buena película. Al contrario: hacen todavía más evidente que había medios, estreno en cines y cierta ambición comercial, pero el resultado sigue siendo un producto pobrísimo.

Es increíble pensar que esto llegó a estrenarse en salas como si fuera un gran vehículo de acción. Hoy se entiende mejor como una reliquia de una época en la que todavía se intentaba vender a Seagal como héroe duro, imparable y cool, aunque la pantalla ya estuviera diciendo otra cosa. La película quiere ser contundente, urbana y musculosa, pero acaba siendo una sucesión de clichés sin gracia, violencia sin impacto y frases duras sin dureza real.

Herida abierta es penosa, y casi en el siguiente nivel. Un thriller de acción rancio, mecánico y sin alma, hecho para que Steven Seagal parezca importante durante hora y media larga. Ni siquiera el éxito de taquilla de su momento la hace mejor. A veces una película llena salas porque vende una promesa, no porque la cumpla. Y esta promete acción, corrupción y dureza, pero entrega una de esas piezas de lucimiento personal que solo sirven para recordar lo rápido que puede envejecer mal cierto cine de acción.
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