Nouvelle Vague
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Pablo Abiatar Pamiers
Pablo Abiatar Pamiers

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5,0
Publicada el 13 de enero de 2026
Si ven Nuremberg (Alemania 1945) y Nouvelle Vague (Francia 1960) no sólo verán dos buenas películas, sino que además conocerán la historia de Europa. Excelentes ambas, más que cinco.
C Etcheverry
C Etcheverry

1 críticas Sigue sus publicaciones

2,5
Publicada el 13 de enero de 2026
Sinopsis: Bien hecha, pero aburridísima. Correcta, pero inerte.

Para estudiar, voy a una biblioteca, o leo un libro. Ni soy un hedonista ni busco entretenerme permanentemente; el aburrimiento es parte de la vida y esto no es un parque temático. Sin embargo, la estructura dramática tiene un hilo que opera sobre los focos de interés y sobre la dinámica mental, y la fórmula presentación-planteo-climax-resolución funciona casi siempre. Esta cinta—que es impecable en las formas, pobre en la tensión, e inexistente en el conflicto—es casi un resumen de Selecciones del Reader’s Digest para saber qué fue la Nouvelle Vague. Y ni siquiera, porque más parece un obituario que un manual. Hay una ética del espectador también.

Cine, literatura, música y hasta el diseño llevan una tralla de producción que hace pensar que los temas se agotan. Casi todas las marcas de coches tienen su propio revival: el escarabajo de Volkswagen y el New Beetle; el Mini de Issigonis y el falso nuevo Mini de BMW; el Cinquino de Dante Giacosa y el Fiat 500 actual. Incluso ironías retro como el Nissan Be-1 o el Figaro, casi coches de época, transculturados, y reviven más un tiempo que un modelo. Hace muy poquito que ha salido el Renault 5, una nostalgia electrificada... En cine están las remakes, como la original “Scarface” de 1932 y la de Brian de Palma con Pacino; “The fly” de 1958 y la de Cronenberg con Jeff Goldblum; o aquella “A star is born” del 37 y la nueva con Lady Gaga y un Bradley Cooper dirigiendo y actuando....

Después están los refritos de colocar historias antiguas en contextos casi disparatados que con el pretexto de sostener que el tema es universal y adaptable a cualquier situación humana, acaban dándose de coces con la pura pantomima. Vi un vídeo de “Aida”, de Peter Konwitschny, en el cual Egipto, la esclavitud y los dioses de Verdi se desquician en una Aída becaria de recursos humanos y un Radamés directivo con ínfulas imperiales y mala baba. El Nilo se hace pecera chic en unas oficinas enmoquetadas y el triunfo militar es una una conference call con aplausos PowerPoint, agotamiento creativo.
Desmadre parecido es “Giulio Cesare in Egitto”, de Händel: en manos de David McVicar parece haberse escapado de “Mad Men” mientras Cleopatra, reconvertida en directiva sexy, le canta arias barrocas con un blazer y una copa de Martini en la mano. Las faraónicas intrigas palaciegas devienen en fusiones empresariales u OPAs hostiles. Y no descansan: en esta misma línea fue “Akhnaten“ y el faraón hereje reconvertido en gurú visionario tipo Silicon Valley, un autócrata start-up en trance corporativo. Mucho minimalismo, mucha mística… y la sensación de que, en cualquier momento, alguien va a presentar el nuevo sistema operativo MonoteistOffice-2000 esperando un Uber a la puerta de la pirámide. A Cleo no le preocupa el áspid, le mola el Nasdaq. De Calixto Bieito hablaré otro siglo sobre cómo “actualiza” las obras, desnudándolas, arrastrándolas al presente y haciéndolas sangrar, causando más escándalo por lo que omite que por lo que proclama, reduciendo a brutal lo complejo. A veces, el escándalo es marketing.

“Nouvelle vague” no se descalabra así, no sería justo, y todo eso que decía era para divertirme un poco. Se hace evidente que trascienden las ganas del director de haber estado allí entre sus tótems, y por eso los presenta con una etiqueta que nos indica que a cada uno que rotula en una foto fija tenemos que recordarlo con nombre y apellido si queremos ser parte de la jerga, de la tribu, y aprobar el examen de modernos con nostalgia. Mejor que la nostalgia mueva a nueva creación, que no a una tristeza lúcida.

Hace más de 50 años, Alejo Carpentier transitó algo parecido en su “Concierto barroco”, novela breve muy libre y deliberadamente anacrónica, juego intelectual, sátira cultural y celebración del mestizaje, con un rico criollo mexicano del siglo XVIII, excéntrico y culto, que viaja a Europa acompañado por su criado negro Filomeno. En Venecia, durante el carnaval, ocurre lo esencial: contacto con los grandes compositores del barroco italiano —Vivaldi, Händel y Scarlatti— en un concierto imposible. América y Europa, el pasado dialoga con el futuro, y la música barroca se mezcla con ritmos afroamericanos. Además, en un salto de clases, Filomeno introduce la percusión africana provocando una especie de choque revelador en lo europeo tan reglado. América no es copia de Europa, sino remezcla, y el barroco europeo se completa al entrar en contacto con lo africano y lo americano, completud por hibridación, no por pureza. Una fantasía temporal en la que casi, casi, hasta asoma el anuncio del texto irónico y excesivo, muy barroco...

Perfectamente ambientada, “Nouvelle vague” trasciende que el director Linklater seguramente hubiera querido estar viendo lo que se cocía en la Nouvelle vague, casi como en “El ruido de un trueno”, de Bradbury, relato en el que Eckels viaja a la prehistoria con la consigna de no tocar nada. Por accidente, pisa una mariposa y al regresar, toda la historia ha cambiado—lenguaje, política, símbolos...—, relato muy anterior a la popularización de la expresión “efecto mariposa”. Incluso actuando con el respeto que ha puesto en la producción, Linklater no ha entendido que, a veces, la nostalgia es solo para pensar y emocionarse, no para rediseñarla. El mito es una ensoñación inefable y nombrado, se desvanece.
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