Brendan Fraser en pantalla alivia el alma y el corazón.
Tenía a Brendan Fraser como un recuerdo borroso, hacía demasiado tiempo que no lo veía en pantalla. Me alegro muchísimo de encontrarlo de vuelta aquí, en 'Rental Family', con una serenidad desarmante, con una presencia que no necesita imponerse. A decir verdad, solo lo he visto en 'La momia' y en 'Viaje al centro de la Tierra'. Todavía no he visto 'La ballena', pero tras visionar esta última ambientada en Tokio, tengo ganas de darle una oportunidad.
Aquí lo veo muy cómodo, muy natural, muy cotidiano, muy cercano. Después de tanta injusticia con el actor, decide darse la oportunidad de mostrarse de esa forma tan "frágil" y sensiblemente humana. Literalmente me produjo una especie de alivio. No sabía que echaba tanto de menos a un actor en pantalla, y detesto decir algo así, porque Brendan Fraser no sabe quién soy y yo hablo de él como si fuera un ídolo, únicamente por reconocer lo bien que hace su trabajo interpretativo.
Su personaje es un espejo. Podría caer fácilmente en una figura distante, un observador externo dentro de un concepto narrativo complejo, pero ocurre precisamente lo contrario: es el ancla emocional de todo este relato. Piensa como yo. Formula sus dudas como yo. Utiliza las mismas palabra que utilizaría yo. Hay algo profundo en su construcción, y eso habla tanto del guion como de su interpretación. La ausencia de esfuerzo visible de Fraser interpretando a Phillip Vanderploeg es, para mí, su mayor virtud. El carisma que desprende es inmenso. Un carisma cálido y doméstico.
Mira Yamamoto es una compañera de trabajo perfecta. Entre ambos surge una química especial, silenciosa, delicada, construida a base de miradas y gestos. Hay una complicidad que no necesita muchas explicaciones. Tanto es así que termino deseando más minutos con ellos en pantalla. Cuando coinciden, todo respira distinto. El resto del elenco cumple un papel más estructural. No carecen de profundidad, pero sí siento que funcionan principalmente como piezas narrativas, únicamente para dar paso al desarrollo. Claro que son necesarios, tienen personalidades distintas, motivaciones claras, actitudes contrapuestas. Representan un abanico emocional importante: comparten sentimientos, pero los procesan distintamente. Los observo y los entiendo, pero no llego a conectar con ellos de la misma forma que con Brendan, porque están ahí más como palanca o punto de apoyo y que se articule toda la historia, que con el objetivo de conectar conmigo, con el espectador.
La historia podría haber caído en la trampa de lo pretencioso, en el artificio, en una especie de laberinto intelectual de difícil y confusa comprensión, pero Hikari consigue transmitir todo eso por el camino correcto: la simplicidad emocional. La dirección de Hikari es tremendamente sensible. Es la primera película que veo suya y me deja con ganas de conocer su filmografía al completo. Hay un cuidado evidente en la forma de transmitir cada emoción y detalle para que surta efecto. Es un cine que sabe cuándo hablar y cómo hacerlo.
Visualmente, los colores a mi opinión están un poco apagados, aunque también comprendo que sea parte de la lectura connotativa. Dialoga de forma coherente con el relato interno de los personajes. Es un punto emocional. Tokio es un entorno que no consigue ser un personaje más, pero que es un espacio poderoso con una fuerte ambientación. De esas ambientaciones que te hacen pensar que podrías vivir ahí perfectamente.
El centro de todo es una idea sencilla pero contemplativa: ofrecer compañía como servicio. Vender vínculos temporales. Fabricar momentos compartidos. La película plantea una complejidad moral enorme, pero la presenta de una forma sorprendentemente accesible. Porque aquí lo caro no es el dinero, sino la cotidianidad. Se trata de ganarse la vida vendiendo mentiras que todos saben que son mentiras. El cliente lo sabe. El proveedor más que el cliente. Ambos participan en el mismo acuerdo. Entonces, ¿es realmente engaño? ¿O es simplemente una ficción pactada para aliviar una necesidad real?
Es una especie de clickbait emocional. No se venden productos, sino presencias. No se compran objetos, sino que se alquilan emociones. Es una mentira consciente, compartida. Se abre paso un campo inmenso de reflexión sobre ética y valores. Aunque uno pueda sentirse inquieto consigo mismo por lo que hace, también existe una satisfacción profunda al saber que se hace feliz a alguien, aunque sea por un rato. Se cumplen deseos. Se alivian soledades. Se cierran pequeñas heridas.
Una arma de doble filo. Decisiones que me obligan a cuestionarse los principios desde dentro. Me coloca frente a preguntas incómodas: ¿Qué vale más, la verdad o el consuelo? ¿la moral o el bienestar inmediato? ¿hasta dónde estaría dispuesto a negociar con mi conciencia si el resultado es alivio para otro? Yo aquí veo un claro paralelismo con la pastilla roja y azul de 'Matrix', y yo siempre elijo verdad.
Una de las mejores películas que he visto en mi vida que puedo considerar peor con el tiempo, pero que a primeras impresiones, me ha encantado. Una obra que se ha quedado conmigo desde hace ya semanas del visionado. No sé cuándo volveré a verla, quizá nunca, pero la recordaré para siempre. Además, consigue generarme un nudo en la garganta. Es cine que acompaña de la mano.