Hay algo profundamente triste en Jay Kelly, pero no una tristeza impostada ni solemne, sino de esas que se cuelan sin avisar. Desde el principio se percibe que no va de glamour ni de mitología hollywoodiense, sino de lo que queda cuando el foco se apaga y ya no sabes muy bien quién eres sin él. Es una película que avanza con calma, a ratos incluso con pudor, y que confía más en las miradas que en los subrayados.
George Clooney está sorprendentemente desnudo aquí. No porque haga algo radicalmente distinto a lo que ha hecho otras veces, sino porque por primera vez parece aceptar el desgaste, la melancolía y cierta sensación de vacío sin intentar caer bien todo el tiempo. Es un trabajo contenido, muy afinado, que se apoya en silencios y pequeños gestos. Y lo más curioso es que, sin hacer ruido, termina siendo uno de sus papeles más honestos.
Adam Sandler es la gran sorpresa. Alejado del histrionismo, compone un personaje frágil, cansado y mucho más complejo de lo que parece a simple vista. No roba escenas, no fuerza emociones, simplemente está ahí, acompañando, sosteniendo el tono. Incluso secundarios como Stacey Keach, tan lejos de sus roles más duros o icónicos, aportan una humanidad inesperada que suma mucho al conjunto.
La película no es perfecta. En algunos momentos se recrea demasiado en su propio mundo y corre el riesgo de mirarse el ombligo. Hay escenas que podrían haberse acortado y alguna deriva que no termina de cuajar del todo. Aun así, cuando acierta —y lo hace a menudo— logra algo difícil: hablar del precio de la fama sin cinismo, sin crueldad y sin necesidad de dar lecciones.
Jay Kelly es una tragicomedia crepuscular, emotiva y a ratos dolorosa, que funciona mejor cuando se permite ser pequeña. No es una película que grite, ni que busque aplausos fáciles. Es más bien una de esas historias que se quedan rondando después, como un recuerdo incómodo pero sincero. Y eso, hoy en día, ya es mucho.