La existencia de “Torrente Presidente” se manifiesta como un síntoma de agotamiento creativo que confunde la transgresión con el anacronismo. En un tablero político actual como el nuestro, donde la polarización ya es una caricatura en sí misma, el personaje de Santiago Segura ha perdido su capacidad como un paradigma de la crítica para convertirse en un eco redundante y blanqueador de la actual coyuntura.
Mientras que la fuerza del primer Torrente residía en su capacidad para incomodar a una sociedad que aspiraba a la modernidad europea, revelando el sedimento de una España que se negaba a desaparecer, hoy, esa "España cañí" no se esconde en callejones oscuros o bares de mala muerte, sino que se ha profesionalizado en las redes sociales, en los medios de comunicación de las grandes corporaciones audio visuales y, cómo no, en las mismísimas instituciones del Estado.
Intentar parodiar la falta de complejos con chistes sobre el lenguaje inclusivo o la geopolítica actual resulta perezoso y muy peligroso, sobre todo si tenemso en cuenta que, mientras que hay presentadores de televisión que afirman que “ya no se puede decir nada por culpa de la dictadura del perrosanxe”, utilizan su poder para censurar, denunciar y anular a cómicos o actores que se permiten bromear con las estaturas físicas o los hedores ultras.
La trama de “Torrente Presidente” se detiene constantemente para dar paso a figuras virales cuya presencia caduca al ritmo de un trending topic. El humor de brocha gorda basado en la escatología, que antaño servía para subrayar la decadencia moral del protagonista, ahora parece un recurso desesperado para rellenar un guión que coloca a todos los políticos en el mismo saco.
En un clima de crispación como el actual, la ficción debería aspirar a la agudeza o al absurdo subversivo, y “Torrente Presidente” es, simplemente, una obra que nace vieja, una reliquia de un cine que cree que seguir siendo grosero es sinónimo de valentía. Y lo más triste es que cada día comprobamos que la realidad política española ha superado ya esa grosería, convirtiéndose en pura pornografía al servicio de un pueblo desinformado y anestesiado por los bulos y los deep fakes generados artificialmente.
La inclusión o cameos de figuras mediáticas de la ultraderecha en productos de consumo masivo como este se convierte en un mecanismo arriesgado de normalización ideológica, porque cuando actores, políticos o periodistas conocidos por difundir discursos de odio o desinformación aparecen en una comedia blanda, su figura se "humaniza”, y el contexto del chiste y la sátira actúa como un barniz que suaviza la arista agresiva de su discurso real. Es el “efecto amiguete" que tanto ha explotado Santiago Segura, permitiendo la participación en el juego a personajes realmente peligrosos para la democracia y la convivencia, y que dejan de ser percibidos como una amenaza para convertirse en “figuras simpáticas que saben reírse de sí mismas”. Y es que es muy difícil procesar la objetiva peligrosidad de una ideología cuando el emisor está deliberadamente integrado en una narrativa de ocio familiar.