Torrente Presidente vuelve a demostrar que una cosa es tener un personaje popular y otra muy distinta tener todavía algo interesante que hacer con él. La primera película de la saga tenía una fuerza evidente porque era la primera vez que aparecía José Luis Torrente: un esperpento repugnante, racista, machista, corrupto, casposo y miserable que funcionaba como caricatura brutal de una España que daba risa y asco al mismo tiempo. Aquello podía tener impacto porque el personaje irrumpía con una mezcla de grosería, mala leche y novedad. Pero después de tantos años, la fórmula ya no sorprende. Y lo que no sorprende, si además no hace gracia, se convierte simplemente en basura repetida.
Esta nueva entrega mete a Torrente en política, un terreno que en teoría podía dar muchísimo juego. Con la España actual, con el ruido constante, los populismos, la crispación, el Congreso convertido muchas veces en espectáculo y las redes sociales funcionando como estercolero, había material de sobra para una sátira salvaje. El problema es que Torrente Presidente no muerde de verdad. Se burla de todos, sí, pero eso no basta. Repartir golpes en todas direcciones no convierte automáticamente una película en inteligente ni en valiente. A veces solo la convierte en cómoda.
Lo peor es que los chistes hace mucho que dejaron de tener gracia. La película insiste en el humor grueso, en la provocación fácil, en el cameo, en la frase guarra, en el guiño reconocible, en la misma estructura de siempre. Pero ya no hay sorpresa, ni colmillo, ni verdadera incomodidad. Torrente puede seguir siendo desagradable, pero ya no resulta peligroso ni especialmente divertido. Es como ver a alguien repetir una gracia que funcionó hace veinticinco años y esperar que el simple reconocimiento produzca risa.
Y no es una cuestión de corrección política. El problema no es que sea ofensiva. El problema es que es mala. Una comedia puede ser salvaje, incorrecta, sucia, cruel y funcionar perfectamente si tiene ritmo, precisión, mala idea y escritura. Aquí lo que hay es ruido. Mucho ruido, mucho exceso, mucha zafiedad, pero poca verdadera comicidad. La película parece confiar en que el personaje, por estar ahí, ya basta. Pero no basta. El personaje está agotado.
También resulta difícil no pensar en Santiago Segura. Su primer personaje en cine, en El día de la bestia, estaba bordado. Allí tenía una presencia cómica y perturbadora muy potente, algo sucio, raro y memorable. Desde entonces, con Torrente, consiguió crear un fenómeno popular enorme, eso es indiscutible. Pero popularidad no significa calidad. Que mucha gente vaya a verla al cine o la ponga en plataformas no convierte la película en buena. También las mierdas están rodeadas de moscas y no por eso nos las comemos.
Torrente Presidente intenta venderse como espejo deformante de la España actual, pero el espejo ya está demasiado empañado. Lo que en su momento pudo tener algo de esperpento hoy suena a repetición industrial. La política, los medios, los famosos, los ultras, los ofendiditos, los cuñados, todos pasan por la trituradora, pero la película no dice gran cosa sobre ninguno. Más que sátira, parece acumulación de ocurrencias.
La primera Torrente se salvaba porque el personaje aparecía por primera vez y todavía tenía una capacidad de shock. El resto de la saga, incluida esta, para mí es más de lo mismo: vulgaridad sin verdadera gracia, provocación sin inteligencia y una explotación interminable de una broma que ya dio todo lo que tenía que dar. No merece perder ni un minuto.