Mario Casas teniendo una crisis existencial. No me entusiasma.
Me adentro sin expectativas, con la idea clara de que no será para nada una película que me vuele la cabeza. Menos mal que es corta, porque habría perdido la cabeza si durase más de la hora y media. Transcurre todo con una lentitud que roza la indiferencia; pocas escenas consiguen capturar mi atención, y a los veinte minutos deseo que se acabe. Es un cine contemplativo que observa mucho y siente poco.
Hay cositas que funcionan, como la ambientación de una fría Holanda de 2008-2009 con su encanto: puentes de hierro, canales, calles empedradas, locales con ventanales que invitan a un café tardío. Percibo la humedad en el aire, el frío del invierno y el silencio de la ciudad. Es un escenario que funciona casi como un personaje en sí mismo. Es bonito, pero en el fondo, no hay historia que haga vibrar tanto deleite escenográfico.
Mario Casas está lejos de dejarme huella. Hay un control en su actuación: sabe cuánto contenerse y cómo transmitir el qué. Aunque eso no me basta para emocionarme. No veo riesgo, no veo fricción más allá de la ficticia dramática. Eso sí, creo que no habría sido lo mismo si hubiera sido otro rostro. El resto funciona a secas; ningún nombre se me queda en la memoria.
Supongo que la película explora la frialdad de la sociedad neerlandesa de aquellos años: un país que se muestra distante, algo cruel, parcialmente xenófobo. Podría considerarla también como una especie de peli documental sobre el papel de la inmigración y su proceso de adaptación en países europeos. Ahora, que un personaje sea preguntado por su acento o nacionalidad, no convierte al otro en racista. Todo parece oscilar entre la observación y el comentario social.
No he sentido chispa en casi ningún momento. La conexión entre Mario Casas y la recepcionista tenía su qué, pero me dejan casi sin desarrollo. Todo está apagado, todo lo siento muy meh. No sé si la tendencia gay de Casas es realmente porque lo es en el fondo, o es circunstancial. No genera misterio. No descubro nada, simplemente observo sin experimentar.
Es más bien sobria visualmente. Acabo un poco cansado de los tonos azules. Es una fotografía limpia. Sin sorpresas, ni ángulos inesperados. Una música que no me toca, pero que es funcional. Todo se cocina a fuego lento, y esa lentitud acaba siendo un lastre: no me invita a la reflexión, solo a mirar el reloj.
He visto algo pero sin alma. No percibo impulso más allá del que tiene Casas diciendo que no a su vida anterior. La "disfruto" como un retrato superficial. Eso sí, no iré en bicicleta por Holanda.