Hay veces en que marcharse no es exactamente huir, aunque desde fuera lo parezca. Sergio llega a Utrecht para ver un partido del Espanyol y, de repente, decide no volver a Barcelona. Sin un gran plan, sin dinero, sin hablar neerlandés y sin ser capaz siquiera de explicar a los suyos qué demonios está haciendo. Ese punto de partida podría haber terminado convertido en uno de esos dramas de emigración llenos de desgracias acumuladas, pero Gerard Oms hace algo bastante más interesante: sigue a un hombre que parece haberse quedado sin sitio en su propia vida y necesita alejarse muchísimo para empezar a descubrir por qué. Es una película triste, sí, pero también muy bonita. Y bastante mejor de lo que esperaba.
Mario Casas está magnífico. Probablemente sea de esos papeles que ayudan a olvidar definitivamente aquella imagen de actor limitado a determinado tipo de cine que arrastró durante años. Aquí prácticamente vive dentro de Sergio. Hay mucho de cansancio, desconcierto, rabia contenida y una masculinidad aprendida que empieza a hacer aguas cuando desaparece el grupo que la sostenía. Casas no necesita explicarnos continuamente qué le ocurre: está en la manera de caminar, de mirar a los demás, de quedarse callado cuando no sabe cómo reaccionar. Gerard Oms, que viene precisamente del trabajo con actores, entiende muy bien que su película depende de él y mantiene la cámara pegada al personaje. La fotografía de Edu Canet, la cámara en mano y esos planos largos ayudan a que sintamos Utrecht casi como Sergio: primero como un lugar extraño, frío e incómodo; poco a poco, como un espacio donde quizá pueda empezar de nuevo.
Y me interesa especialmente de dónde viene Sergio. No es simplemente un hombre desorientado. Viene de un ambiente ultra, de fútbol, grupo, hombría y códigos muy rígidos, y lleva dentro una homofobia aprendida que al principio aparece casi como un mecanismo automático. Le incomoda que dos hombres expresen deseo, le incomoda todavía más convertirse él mismo en objeto de deseo masculino, y su reacción inicial es defensiva, agresiva, como si aceptar siquiera esa posibilidad amenazara todo lo que cree saber sobre sí mismo. Me parece importante que la película no lo convierta en un monstruo por eso ni tampoco lo disculpe. Lo observa. Nos deja ver de dónde procede esa actitud y, sobre todo, qué ocurre cuando Sergio se queda solo y ya no tiene alrededor al grupo que le decía cómo debía comportarse un hombre.
Ahí es donde la película empieza a ser bastante más que la historia de un español intentando sobrevivir en Holanda. Sergio conoce trabajadores, inmigrantes, personas que viven también en los márgenes y gente cuya forma de relacionarse con el sexo, la amistad o la identidad está muy lejos de la suya. No hay una transformación mágica ni un discurso que de pronto lo ilumine. Cambia a trompicones. Se contradice. Retrocede. A veces sigue siendo antipático y otras empieza a resultar tremendamente vulnerable. Y me gusta mucho que la película permita interpretar que, además de desmontar ciertos prejuicios, está empezando a reconocer algo de sí mismo que quizá siempre estuvo ahí. Puede que descubra que también le atraen los hombres; puede que simplemente deje de necesitar una etiqueta inmediata. Para mí lo importante no es decidir si Sergio es gay, bisexual o cualquier otra cosa. Lo importante es que deja de responder al deseo con miedo, rechazo y violencia.
Ese recorrido podría haber caído fácilmente en la moralina, pero Oms tiene bastante más tacto. La emigración, la precariedad, no entender el idioma, aceptar trabajos que nunca habías imaginado, necesitar ayuda de desconocidos, el orgullo de no querer llamar a casa... todo eso forma parte del mismo proceso de desmontaje. Sergio empieza creyendo que puede cortar con su vida anterior y fabricar otra desde cero, pero uno no deja la identidad en la puerta de embarque. Se la lleva consigo. La película entiende bien esa contradicción y encuentra mucha verdad en lo cotidiano: habitaciones provisionales, trabajos, comidas, conversaciones en idiomas que apenas se comparten. La música de Silvia Pérez Cruz aparece además sin empeñarse en decirnos cuándo debemos emocionarnos, y el montaje de Neus Ballús respeta ese tono contenido, casi documental, que tan bien le sienta.
Al final me quedó una sensación extraña, triste y cálida a la vez. No vi tanto una historia de alguien que encuentra todas las respuestas como la de un hombre que por fin empieza a hacerse las preguntas correctas. Y eso me gusta mucho más. Sergio se había construido dentro de un mundo donde ser hombre significaba comportarse de una manera determinada, despreciar ciertas cosas y no mirar demasiado hacia dentro. Utrecht le quita casi todo: el grupo, el dinero, la seguridad, el idioma, el personaje que interpretaba. Y entre todos esos restos aparece alguien bastante más interesante. No es una transformación perfecta ni cerrada, y precisamente por eso resulta humana. Gerard Oms debuta con una película pequeña, honesta y cargada de verdad, y Mario Casas ofrece un trabajo extraordinario. De esas historias en las que aparentemente alguien se marcha muy lejos para desaparecer y acaba, paradójicamente, acercándose por primera vez a sí mismo.