Me gustó mucho. Después de tantos slashers tontos, repetidos y llenos de víctimas haciendo estupideces, esta me pareció una sorpresa enorme precisamente porque cambia el punto de vista. La historia es sencilla, casi mínima, pero tiene una idea formal muy potente: seguir al asesino, caminar con él, mirar el bosque desde su espalda y convertir la matanza en una rutina lenta, brutal y extrañamente hipnótica.
Lo que más me atrapó fue esa sensación de videojuego en tercera persona. Durante buena parte de la película parece que tú eres Johnny: avanzas por el bosque, escuchas ramas, localizas a la siguiente víctima y sigues caminando con una calma terrible. No es el típico slasher donde ves a los chavales separarse, discutir y tomar decisiones absurdas. Aquí casi todo eso queda fuera. Lo importante es la presencia del monstruo, su trayecto y esa violencia que avanza sin prisa.
Ese cambio de mirada refresca muchísimo un género que parecía gastado. La película no inventa la figura del asesino imparable del bosque, pero sí encuentra una manera distinta de filmarlo. Johnny no aparece solo para dar sustos: está ahí casi todo el rato, como una fuerza de la naturaleza. Lo vemos andar, caer, recibir daño, recomponerse y continuar. Por eso su invencibilidad no parece un truco barato, sino parte de su condición de espíritu despertado.
La idea del colgante funciona muy bien como detonante. Le quitan algo que pertenece a su madre, alteran su descanso y el bosque vuelve a soltar una violencia enterrada. No hacen falta grandes discursos: alguien toca lo que no debía, Johnny se levanta y ya no hay forma sencilla de apagarlo. Incluso cuando parece que devolverle el colgante podría cerrar el ciclo, la cosa ya está en marcha.
También me gustó que las muertes tengan personalidad. No son solo cuerpos cayendo uno detrás de otro, sino escenas pensadas con una imaginación macabra. Algunas son salvajes de verdad, de esas que te hacen mirar la pantalla entre fascinado y asqueado. La del bosque partiendo la cabeza, la del sheriff con la máquina, la forma en que convierte cada objeto o espacio en una posibilidad de destrucción… ahí entiende muy bien el placer perverso del slasher.
Y aun así no me parece solo gore por gore. La violencia impacta porque llega después de caminatas largas, silencios, sonido ambiental y una espera casi absurda. Esa combinación entre contemplación y brutalidad es lo que le da personalidad. Puede que a muchos les parezca lenta, y lo entiendo, porque Johnny anda muchísimo. Pero a mí esa lentitud me metió dentro del mecanismo: cuanto más camina, más inevitable parece.
El sonido es fundamental. Al haber poca música, cada ruido del bosque pesa: pisadas, hojas, respiración, golpes lejanos, voces fuera de campo. A veces el horror no está delante de la cámara, sino en saber que Johnny sigue avanzando aunque todavía no haya llegado. Esa paciencia la distingue de muchos slashers que solo buscan el susto rápido.
También me pareció acertado que las víctimas importen menos de lo habitual. En otra película eso sería un defecto enorme, pero aquí forma parte de la propuesta. No estamos siguiendo su drama; estamos siguiendo al asesino. Los jóvenes quedan casi como NPC de un juego: hablan, cometen errores, intentan tender trampas y creen que pueden sorprenderlo, hasta que Johnny les da la vuelta y los convierte en parte de su recorrido.
El cambio final de punto de vista, cuando la cámara se pega a la superviviente, me pareció muy inteligente. Después de haber ido tanto tiempo detrás del monstruo, volver a la perspectiva clásica del slasher se nota muchísimo. De repente ya no estás en modo cazador, sino en modo huida. Y ese desplazamiento da al tramo final otra tensión, más humana, sin romper lo anterior.
El último plano con el bidón de gasolina y el colgante me gustó especialmente. Tiene algo de cierre circular, como si todo volviera al lugar del que salió, pero también deja la sensación de que la violencia puede quedarse dormida y despertar otra vez. No hace falta un gran discurso final. La imagen basta: el objeto, el bosque, el silencio y la posibilidad de que el ciclo no haya terminado.
No es una película perfecta ni para todo el mundo. Tiene tiempos muertos, personajes secundarios casi inexistentes y una historia muy básica. Pero justo ahí está parte de su gracia: despoja el slasher de adornos y lo deja reducido a caminar, acechar, matar y seguir caminando. Para mí eso no fue un vacío, sino una forma distinta de mirar algo que ya había visto mil veces.
Al final, me queda como una de las propuestas de terror más originales y estimulantes que he visto en bastante tiempo. Me gustó por su punto de vista, por su ritmo raro, por su aire de videojuego macabro, por Johnny como entidad casi imparable y por unas muertes con imaginación brutal. No solo me entretuvo: me hizo pensar que ahí hay un filón enorme. Y eso, en un género tan machacado, vale muchísimo.