Creo que podría haber sido algo más.
Me reconcilia ver una película ambientada en mi tierra, en Huelva. Puede ser también una condición para no disgustarme del todo, quizá. Es bonito reconocer los paisajes que he transitado durante años, y más, viéndolos en una producción de tal calidad técnica. Hay ambición en su producción, no es una producción menor, aunque en el fondo, me deje un poco con la boca seca. De hecho, no es por ser onubense, pero la ambientación es lo mejor de esta película. Está bien construida y respira autenticidad. Los escenarios se ven reales, no parecen ser efectos visuales. Sin embargo, eso también juega a la contra, porque a veces parece más apostar por lo contemplativo, que por lo narrativo. Justamente donde falla.
Tengo la sensación constante de que la película podría haber sido más afilada en su guion, en su historia. O bien lo que quiere contar justifica no su duración, que me parece algo excesiva para lo que ofrece. El guion se recrea en los mismos escenarios que delatan el conflicto pero sin añadir nuevas capas.
El ritmo se me hace demasiado pausado, y tampoco tengo algo en contra de la pausa. Me interesa que el cine se tome su tiempo, pero es que aquí, en momentos, la lentitud deriva a la dispersión. Sobre todo, en las imágenes acuáticas. La imagen es bonita, pero no evoluciona, al menos, como yo espero.
Lo que ocurre es que echo en falta más profundidad. El guion podría haber desarrollado más los conflictos que tienen lugar, con vistas más crudas. Todo se entiende y es efectivo, pero casi nada me provoca realmente emociones profundas. Es como que prefiere sugerir a atravesar. Un relato que podría permitirse mayores riesgos, pero la prudencia --que percibo-- termina restando intensidad.
Antonio de la Torre es quien sostiene el peso dramático. Parece cansado del mundo, lo que viene perfecto al personaje. Me creo sus preocupaciones, sus silencios, su aparente desapego e "indiferencia". Incluso cuando transmite esa sensación de estar "pasando" de todo, se le ve intranquilo por las mismas razones. El resto del reparto es solvente, algo grandilocuente. No hay fallos, pero tampoco desbordamientos actorales. Evita el desastre, pero limita el impacto.
El humor es irregular. Me río con algunas bromas que encajan con los personajes y la narrativa, que claro, es una historia seria, que no invita a la risa. Otras, son como el arroz blanco. Es como un drama contenido y ligereza humorística que no es del todo efectiva. Hablando de narrativa, no hay grandes sobresaltos. Puedo anticipar perfectamente el transcurso de las escenas. No existe el factor sorpresa. No hay shock real, ni suspense al nivel de Hitchcock (ni muchísimo menos, menuda comparación acabo de hacer). En fin, que no hay mucha implicación emocional.
Hay un elemento que sí me atraviesa verdaderamente y es lo que me deja pensando: el retrato del peligro latente que supone adentrarse, aunque sea una sola vez y de manera rápida, en el mundo de las drogas. Quedarse atrapado en una red casi imposible de salir, y que además, no controlas. De vivir bajo la constante amenaza de tener que responder por una mercancía que era para salir del paso. Ese miedo, silencioso y ruidoso, me genera una angustia real. Ahí la película encuentra su punto y me perturba, aunque esa en menor grado.
No siento que sea imprescindible ni trascendental. Es interesante a ratos, entretenida en otros. Es buena producción, sólida técnicamente. No me transforma ni me sacude. Lo que sí permanece en mí, es esa conexión sentimental con los espacios onubenses. Quizá sea ese elemento personal lo que me impide olvidarme de ella. Pero incluso así, es una más. Del montón.