Mercy entra en la larga lista de películas que generan morbo con la fuerza de la premisa y acaban siendo materia fecal líquida en el contenido. Un thriller sobre una inteligencia artificial encargada de juzgar criminales es un buen aperitivo para zamparme un dilema ético profundo, pero acabé recibiendo algo artificial, superficial y sin orden narrativo.
Durante todo el metraje hay que comerse la cara de Chris Pratt (para que nos quede claro que es guapo) quien está sentado frente a una IA con rostro de mujer recién peleada con su marido: inexpresivo, soso y aburrido. Chris permanece atrapado en interrogatorios y búsquedas de pruebas para su inocencia que de primeras nos prometen una tensión en su moralidad, pero que nunca evolucionan con coherencia. La IA, diseñada supuestamente para evaluar culpabilidad a través de los hechos, empieza de pronto a desarrollar juicio moral propio, a creer en las intuiciones de Pratt y todo se va al caño cuando se involucrar en una persecución para la que no estaba programada. La idea en sí no es tan incoherente, pero la transición sí: nunca se explica ni hay un esmero en construirla. Cuando te das cuenta la IA está compadeciéndose de Chris y siendo su cómplice.
Si se introduce una inteligencia artificial con rostro humano como eje del relato, lo mínimo sería explorarla. Quién la programó, qué límites tiene, si puede o no desarrollar conciencia. Sin esa profundidad, la idea pierde el atractivo.
La historia no sabe cómo pasar de un thriller minucioso a una persecución desproporcionada que involucra todas las instituciones de autoridad posibles y una cadena de muertes y caos por media ciudad que rompen el tono mantenido en más de una hora. El salto es tan brusco que parece pertenecer a otra película. A eso se le suma la conspiración del personaje de Chris Sullivan, que durante dos años arma un plan en un mundo donde todos están monitoreados constantemente. A mi parecer, un conflicto absurdo por su falta de credibilidad.
Tampoco se sostiene el arco emocional del protagonista. Tras dedicar hora y media a buscar justicia por su inocencia, su motivación desaparece en la decisión de quedarse atado a la silla (todo para acabar saliendo faltando 2 segundos para morir en una escena que esta más que cantada). El impulso que debía avanzar a la trama se estanca por decisiones convenientes al guion, y también nos quitó la dicha de ver a Pratt saliendo a la caza de Sullivan.
Visualmente puede enganchar con los movimientos de hologramas y tecnología super futurista, incluso hay un giro final que, en medio de toda la conspiración poco creíble, sorprende lo suficiente como para rescatar algo de este naufragio de película. Igualmente no es nada para lo que prometía.
Es útil para ponerla un sábado por la tarde mientras te da sueño para pegarse la siesta, no pasa nada si la abandona a la mitad. Nuestro primer "gran" thriller distópico del año se quedó en un intento nefasto.