Si pudiese pedir un deseo: Dan Trachtenberg entre los grandes cineastas de la ciencia ficción.
Comienzo a ver 'Predator: Badlands' con cero expectativas. No es por desprecio al universo, sino por escasez de interés propio. Sin embargo, Dan Trachtenberg sabe diluir ese amargo sabor de boca inicial. Sabe escribir imágenes y sabe dirigir cuerpos en el espacio. Eso, en una franquicia que ha confundido músculo con presencia y ruido con tensión, es decir bastante.
La película no es, ni pretende ser, un ejercicio de perfección. Está llena de grietas: decisiones narrativas forzadas, situaciones que se estiran hasta el último segundo y peleas que, como suele ocurrir en este tipo de cine, evidencian su naturaleza coreografiada. Hay momentos en los que el artificio pesa tanto que resta impacto a secuencias que deberían sentirse orgánicas y peligrosas para funcionar correctamente. La tensión, en lugar de crecer, se diluye por previsibilidad.
La previsibilidad, uno de los grandes pecados del cine. No cuesta nada intuir hacia dónde se dirige el relato ni cuál será su resolución. No hay grandes trampas, ni narrativas ni emocionales. Pero también es cierto que la película no parece interesada en engañar al espectador: su objetivo es ser eficaz y funcional, no subversiva.
Eso sí, la eficacia tarda en llegar. El primer tramo es rígido e insípido, casi apático. El ritmo es contenido, rozando el tedio, hasta jugar con la paciencia. Cuando el relato abre su abanico de personajes y las dinámicas emergen, la película despierta. No de golpe, pero sí con suficiente convicción como para justificar el camino recorrido.
En ese despertar, el trabajo interpretativo resulta clave. Si por algo funciona este filme, es por el carisma de sus personajes principales. Elle Fanning Dimitrius Koloamatangi. Funcionan juntos mejor de lo imaginado. Son presencias opuestas en naturaleza, ahí reside su interés. Koloamatangi es, sin duda, la gran sorpresa, un trabajo corporal extraordinario. No interpreta desde el gesto humano, sino desde la lógica del predator. Movimiento, agilidad y presencia física se alinean para construir algo creíble. Realmente da la sensación de ser un depredador y no un actor. No parece alguien disfrazado, sino algo que realmente habita el entorno fílmico. Fanning consigue hacer creíble una limitación física que podría haber caído fácilmente en la caricatura o en lo evidente. Hay contención, naturalidad y una comprensión clara de cómo hacer las cosas. El trío protagonista tiene más carisma que casi cualquier elenco anterior. El problema llega cuando miramos al resto del reparto: personajes funcionales, sin peso dramático real más allá de lo intencionado o evidente. Hay una excepción clara: Bud. Un personaje que sorprende precisamente porque parece destinado a la irrelevancia y termina siendo entrañable casi de inmediato. Su presencia invita a la empatía sin esfuerzos, hasta generar un afecto inesperado. Dan ganas de adoptarlo.
No hay demasiado riesgo ante los ojos del espectador. El diseño del predator es acertado, y aunque el resto de criaturas cumplen sin deslumbrar, el conjunto mantiene coherencia. Se construye una escenografía atractiva, marcada por la mezcla entre la fantasía oscura y la ciencia ficción. El problema es que muchos de estos espacios funcionan más como postales que como elementos narrativos, además que desde lejos se denota la artificialidad pura. Se presentan grandes paisajes, pero rara vez se explotan dramáticamente. Están más para ser vistos que para ser vividos.
Es un filme honesto dentro de sus limitaciones. No arriesga donde podrían, ni sorprende donde debería, pero cumple. Empecé sin esperanzas y salgo razonablemente satisfecho. No es un punto de inflexión para la saga, pero sí una prueba de que incluso con altibajos constantes, 'Predator' sigue encontrando formas de resultar entretenida cuando cae en las manos correctas. Irregular, previsible y cuidada. No aspira a más de lo que ofrece, quizá por eso mismo funciona.