Probablemente la mejor película de Van Damme, lo que tampoco es decir mucho tan bajo está el listón.
Sin poder librarse de sus únicas señas de identidad (la patada aérea y el puñetazo donde duele), el bruselense viaja ahora por el tiempo para evitar que un facineroso de chichinabo cometa sus tropelías.
Ciertamente, sin ser una obra sobresaliente al menos se deja ver e, incluso, tiene algunos momentos interesantes, aunque más por los secundarios que por el propio Van Damme, quien ya sabemos a lo que ha venido y cómo quiere arreglarlo todo.
En su momento gozó de cierta popularidad por lo efectista de los viajes en el tiempo, aunque a día de hoy ha quedado superado bajo toneladas de mejoras visuales y gráficos por ordenador muy bonitos.
Con esta cinta Juan Claudio tocaría el cielo y vería cómo toda su energía potencial se convertía en cinética en los años venideros, en lo que fue una caída en barrena que se fue acelerando hasta alcanzar una velocidad terminal. El castañazo que se pegó no fue chico. Y ahí sigue, treinta años después, intentando levantar cabeza.