La ronda
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Christian Martínez
Christian Martínez

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3,0
Publicada el 2 de septiembre de 2026
Miedo me da confiar en quien defienda esta filosofía.

Hay películas que conquistan a los estudiantes de cine por las grandezas técnicas de sus planos secuencia, pero que naufragan en su propio discurso ético. Max Ophüls cae en eso: muy buena lección de movimiento, pero no puedo comulgar con un discurso sobre el amor que no resiste una buena moral.

Y claro que yo, como estudiante de cine, esté fascinado por la destreza cinematográfica. Christian Matras es excelente ensalzando la belleza de los escenarios con el blanco y negro, dominando el claroscuro que tanto me gusta, trazando contornos escultóricos entre las luces y las sombras. Porque la cámara no se limita únicamente a filmar, sino que se mueve con total libertad en planos continuos, avanzando, retrocediendo y observando de cerca y de lejos desde todos los ángulos posibles.

La cámara, a pesar de moverse todo el rato, permite a los personajes dominar el espacio con un dinamismo excepcional. No están estáticos frente a la lente: utilizan el espacio como un inmenso escenario, deambulando por detrás de los decorados y dotándolos de una vida orgánica. Los diálogos, además, son ágiles: <>, me atrapan de inmediato. Por momentos me parece que me vaya a enamorar de los personajes.

Porque contribuyen todos, obedeciendo las órdenes del director, a la creación de unas atmósferas inigualables. 'La ronda' se mantiene serena en el arte de la elipsis, y las sensaciones permanecen antes que las experiencias explícitas. La censura de la época cercena estas escenas sexuales, pero menos mal; la tentación y el deseo son lo que mejor le viene a esta película. Dos sensaciones que acaloran el ambiente, cuando Marie (Simone Simon) y Alfred (Daniel Gélin) están a un paso de desmontarse. Él se pone nervioso, ella se complace y esos calores me dan de frente. No quiero ser partícipe de ese escenario, pero me alegro de que me hagan sentir algo.

Lo malo, como digo antes, viene con la idea que Ophüls me quiere vender. Eso de la "cadena afectiva" circular e incondicional donde el deseo supuestamente iguala a todas las clases sociales. Primero, esa teoría se tambalea en la vida real. Hoy es evidente cómo los estatus y las convenciones sociales condicionan y filtran la atracción: la posición económica y el aspecto físico son sesgos reales. Inclusive, los propios diálogos lo dicen. Ese deseo no surge del vacío.

Segundo, no es posible considerar serias o reales aquellas relaciones fundadas en la pretensión, la mentira y el engaño. Me alarmo con que se pretenda validar ese "amor" bajo semejante cinismo sensorial. Robert (Jean-Louis Barrault), de hecho, afirma que el deseo no permite conocer verdaderamente a una persona. Lo malo de ese personaje es que lo veo demasiado teatral y su actitud frente a la cámara no me gusta. No soporto escucharle a pesar de compartir algunas ideas.

Lo peor de todo es que si esta película tiene el prestigio que tiene, es por su despliegue visual y a mí no me suma en absoluto en la narrativa sustancial y profunda. No encuentro una justificación en la puesta en escena. Tengo que leer al resto de espectadores y a la crítica especializada para que me aclaren por qué tanta alabanza a que el camarógrafo no se esté quietecito. Porque es que, pensándolo, el mensaje me hubiese calado igual bastándome solo con los personajes. El movimiento buscará contar algo determinado, pero no me equivale a verdad emocional.
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