Willard es una película rara. Rara de verdad. De esas en las que uno no sabe muy bien si el director ha hecho exactamente lo que quería o si simplemente a todo el mundo se le fue la pinza durante el rodaje. Tiene atmósfera, tiene personalidad y tiene a Crispin Glover en modo absoluto, pero también es una cosa tan torcida, tan incómoda y tan pasada de vueltas que cuesta saber si funciona como terror, como comedia negra, como drama de marginado o como delirio con ratas.
La historia sigue a Willard Stiles, un hombre solitario, reprimido y socialmente torpe que vive con una madre enferma y dominante, aguanta humillaciones en el trabajo y encuentra en las ratas de su casa la única forma de compañía y poder. A partir de ahí, la película construye una especie de descenso a la locura donde los roedores se convierten en amigos, ejército, venganza y reflejo de todo lo que el protagonista no puede controlar.
Crispin Glover es, sin duda, lo mejor de la película. Y también una de las razones por las que resulta tan extraña. Su interpretación parece venir de otro planeta: miradas desencajadas, gestos rígidos, voz quebrada, cuerpo encogido, una mezcla de niño asustado, adulto roto y psicópata en formación. No es una actuación “normal”, ni falta que le hace. Glover convierte a Willard en alguien desagradable, patético, inquietante y, por momentos, casi triste. Otra cosa es que la película sepa siempre qué hacer con esa intensidad.
Porque Willard tiene un problema claro: quiere ser muchas cosas a la vez y no todas encajan. Como película de terror, las ratas no dan tanto miedo como deberían. Incomodan, sí, y hay imágenes repulsivas, pero no terminan de generar verdadero pánico. Como drama psicológico, tiene una base interesante sobre humillación, soledad y resentimiento, pero todo está tan exagerado que la emoción queda medio sepultada bajo el artificio. Y como rareza de culto, ahí sí funciona mejor, porque la película tiene una personalidad difícil de confundir.
El tono es lo más desconcertante. Hay momentos que parecen buscar el horror clásico de casa vieja, sótano húmedo y criatura acechante. Otros parecen una fábula cruel sobre un hombre pisoteado que encuentra poder donde solo había miseria. Y otros directamente parecen una broma macabra que nadie se ha molestado en explicar. Esa mezcla puede resultar fascinante si entras en el juego, pero también puede dejarte fuera, mirando la pantalla y pensando: “¿qué demonios estoy viendo?”.
Visualmente, eso sí, tiene cierto gusto. La casa, la oficina, los colores apagados, la sensación de suciedad emocional y física, todo ayuda a crear un mundo cerrado y desagradable. Glen Morgan no hace una película plana. Hay intención estética, hay atmósfera y hay una voluntad clara de convertir la historia en algo más estilizado que un simple festival de ratas. El problema es que el argumento es bastante pobre y no siempre sostiene tanta extravagancia.
R. Lee Ermey funciona muy bien como jefe abusivo y desagradable, casi una caricatura de la autoridad cruel. Laura Harring aparece como posible presencia amable en la vida de Willard, aunque el personaje queda algo desaprovechado. En realidad, todo gira tanto alrededor de Glover y de las ratas que cualquier otra cosa parece secundaria.
Willard no me parece una buena película en sentido pleno, pero tampoco es una película vulgar. Es demasiado rara para ser olvidable. Al director y a Crispin Glover se les fue la pinza, sí, pero al menos se les fue con estilo. Tiene momentos inquietantes, otros ridículos, otros directamente fascinantes por lo torcidos que son. No da demasiado miedo, no emociona demasiado y narrativamente no es gran cosa, pero como objeto extraño tiene su gracia.
Una película para verla más por curiosidad que por auténtico placer. Si te apetece una rareza con ratas, mansión decadente y Crispin Glover haciendo de Crispin Glover elevado al cubo, puede tener cierto interés. Si buscas una película de terror realmente eficaz, probablemente se quede corta.