Hay películas familiares que parecen hechas para tranquilizar a los niños y otras que entienden que la infancia también puede ser rara, incómoda, cruel y maravillosa a la vez. Esta va más por ahí. No es solo una fábrica llena de chocolate, canciones y colores imposibles; es también un cuento moral bastante retorcido, con niños insoportables, padres que han creado pequeños monstruos, pobreza, deseo, castigo y una imaginación visual que todavía hoy resulta muy reconocible. Tim Burton era probablemente uno de los directores más adecuados para entrar en el universo de Roald Dahl, porque los dos comparten algo esencial: saben que lo infantil no tiene por qué ser blando ni inocente del todo.
Lo que más me gusta es el contraste entre el mundo de Charlie y el de la fábrica. La casa de los Bucket es pobre hasta casi lo absurdo, pero tiene calor humano. Todo está torcido, apretado, viejo, incómodo, y sin embargo allí hay cariño. La fábrica, en cambio, es un sueño gigantesco, brillante, mecánico y alucinante, pero también bastante inquietante. Burton convierte cada sala en una fantasía visual distinta, a veces preciosa y a veces un poco desagradable, como si el chocolate pudiera ser al mismo tiempo premio y amenaza. Ese contraste funciona porque la película no se olvida de Charlie. Frente a tanto exceso, Freddie Highmore aporta calma, bondad y una mirada limpia que impide que todo quede devorado por la maquinaria.
Johnny Depp como Willy Wonka siempre me ha parecido lo más discutible y, a la vez, lo más imposible de separar de esta versión. No es un Wonka cálido ni especialmente encantador. Es raro, distante, incómodo, casi un niño adulto que ha aprendido a esconderse detrás de su propio espectáculo. A veces funciona muy bien porque encaja con el lado más excéntrico de Burton; otras, reconozco que puede hacerse demasiado afectado, como si la rareza estuviera subrayada con rotulador. Pero al menos no es una interpretación cómoda. Depp no intenta repetir a Gene Wilder ni convertir a Wonka en un simple mago simpático. Lo lleva hacia un lugar más frío, más neurótico, más artificial. Puede gustar más o menos, pero personalidad tiene de sobra.
La película también conserva muy bien esa parte cruel del cuento. Cada niño representa un defecto llevado al extremo: el capricho, la gula, la competitividad, la dependencia de las pantallas, la mala educación convertida en carácter. Y lo divertido es que Burton no los mira con demasiada compasión. Hay algo de fábula antigua en la manera en que cada uno recibe su lección, como si la fábrica fuera un tribunal colorista donde los pecados infantiles se castigaran con canciones de los Oompa Loompas. Es una película para niños, sí, pero no trata a los niños como tontos. Les habla desde el exceso, la burla, el miedo ligero y la fantasía. Eso me parece mucho más interesante que una aventura familiar perfectamente pulida pero sin dientes.
Visualmente sigue siendo una gozada. La dirección artística, el vestuario, los colores, los decorados y la música de Danny Elfman crean un mundo reconocible desde el primer minuto. Es cierto que no todo envejece igual: algunas partes digitales se notan más hoy y hay momentos en los que la película se pasa de grandilocuente o de saturada. También la subtrama familiar de Wonka, con ese intento de explicarlo psicológicamente, me interesa menos que el misterio puro del personaje. A veces parece que la película necesitara justificar demasiado aquello que funcionaba mejor como rareza. Pero incluso en sus excesos hay una energía creativa muy clara. Prefiero una película que se pase de imaginación a una que no tenga ninguna.
Al final, me quedo con una adaptación muy de Tim Burton, con sus virtudes y sus manías. Tiene azúcar, pero también sombra. Tiene humor, pero también mala leche. Tiene una lección moral bastante clara, pero la envuelve en un mundo visual tan exagerado que nunca parece una simple película educativa. No sé si es la versión definitiva de la historia, ni falta que hace. Lo que sí sé es que consigue algo difícil: apropiarse de un libro muy querido y de un imaginario ya conocido para construir una película con identidad propia. Imperfecta, sí. A ratos excesiva. Con un Wonka que puede fascinar o irritar. Pero llena de imágenes, de ritmo, de música y de esa sensación de estar entrando en un lugar donde todo puede ser delicioso y un poco peligroso al mismo tiempo.