Recordaba perfectamente el caso real de Puerto Hurraco. Yo tenía 15 años y, durante aquel verano, escuchar algo así era casi inimaginable: parecía lejano, irreal, como si perteneciera a un pasado oscuro que ya no existía. Por eso sorprende que El séptimo día lo haga todavía más difícil de entender. La película adapta la tragedia, pero introduce cambios dramáticos y decisiones narrativas que alteran el punto emocional. No contar las cosas exactamente como ocurrieron no es un problema en sí mismo, pero aquí provoca que la historia pierda parte de su crudeza y su dimensión real.
Carlos Saura construye un drama sobrio, contenido, que retrata un ambiente rural lleno de rencor, orgullo y heridas antiguas. La puesta en escena funciona, y el clima del pueblo, seco y enrarecido, es probablemente lo que mejor refleja aquello: esa sensación de que el odio se hereda, que crece en silencio y se transmite como un veneno. Sin embargo, la decisión de convertir la historia en algo más “universal” —centrándose menos en los asesinos y más en una narradora adolescente— provoca distancia. La película parece alinearse claramente con las víctimas finales, cuando, en el caso real, el horror se entiende mejor si uno conoce el camino previo, la obsesión familiar, las afrentas y la locura progresiva.
El guion de Ray Loriga tiene momentos fríos, con poca empatía y sin demasiada curiosidad por escarbar en la psicología de los personajes clave. Creo que ahí es donde la película pierde su mayor oportunidad: no ves cómo los cuatro hermanos se van hundiendo poco a poco en el odio, ni cómo la paranoia se apodera de toda la familia. Sin ese recorrido, la masacre parece surgir de la nada, como si no existiera una cadena interminable de agravios, miedo, supersticiones y resentimiento.
Lo que sí funciona de verdad es el reparto. José Luis Gómez, Juan Diego y Victoria Abril están descomunales, llenando cada escena con miradas, silencios y gestos capaces de contar más que cualquier diálogo. Ellos sí transmiten la oscuridad, el dolor acumulado y la sensación de que no existe salida posible. También se agradece el trabajo de actores secundarios que hacen del pueblo un personaje vivo, lleno de tensiones latentes. Si la película hubiera puesto más el foco en ellos, habría tenido una fuerza todavía mayor.
Desde lo técnico, Saura filma con elegancia: la fotografía, el ritmo, la música popular y la secuencia de la masacre final logran ser inolvidables. Ese tramo final es brutal, seco, sin espectáculo ni edulcorante. Te mete de lleno en una matanza que, aunque real, cuesta asimilar. Es tan repentina que resulta devastadora, probablemente el momento donde la película alcanza la contundencia emocional que buscaba.
Como aproximación a una tragedia real, el filme es interesante y en ocasiones muy poderoso, pero la elección de distanciarse emocionalmente y de contar la historia desde un punto de vista periférico hace que uno termine más frío de lo que debería en una historia así. No es una mala película —ni mucho menos—, pero a veces parece contenerse demasiado, cuando la realidad fue infinitamente más perturbadora.