Me atrevería a asegurar que esta es la gran obra maestra de Clint Eastwood, quizás junto a “Bird” (1988), “Cazador blanco, corazón negro” (1990) y “Gran Torino” (2008). “Sin Perdón” es una reflexión implacable, una elegía melancólica al propio género del western, y representa un punto de inflexión, una alegoría crepuscular que desmantela los mitos de la frontera y presenta una visión cruda y honesta de la violencia y sus consecuencias.
Un antiguo forajido y asesino a sueldo, ahora viudo con dos hijos pequeños, centra sus esfuerzos en las labores de granjero para conseguir sacar adelante a la familia que le queda, en memoria de su difunta y amada esposa. Paralelamente, en el pueblo remoto de Big Whiskey, un par de vaqueros borrachos desfiguran brutalmente a una prostituta, y el sheriff del pueblo, Little Bill Daggett (Gene Hackman en una actuación escalofriante y sensacional), impone una justicia arbitraria y demasiado laxa, por lo que las jóvenes meretrices, compañeras de la víctima, reúnen el dinero suficiente para contratar al vaquero que se atreva a ajusticiar de verdad a los autores del agravio. El joven y ambicioso pistolero Schofield Kid, alimentado por la leyenda que ha forjado Munny, intenta convencerle para que se una a él en la búsqueda de la recompensa. Y en el camino se les une Ned Logan (Morgan Freeman), un antiguo socio de fechorías de Munny.
Eastwood representa aquí a un anti-héroe que arrastra una reputación basada en la violencia y en la maldad en una época pretérita en la que mezclaba su talento con el arma con el consumo recurrente de alcohol. Es por esta razón que al personaje se le despoja por completo de cualquier atisbo de romanticismo, pues la violencia no es atractiva ni heroica, sino brutal y aleatoria. El coste psicológico posterior es devastador, y se dibuja un personaje complejo, moralmente ambiguo y, a menudo, patético. Munny es un hombre atormentado por su pasado que se ve arrastrado de nuevo a un mundo que creía haber dejado atrás.
Eastwood encarna la fatiga y el tormento de Munny con una sobriedad magistral, mostrando las cicatrices emocionales y físicas de una vida en torno a la muerte. Gene Hackman es un cruel y cínico sheriff de pueblo, un hombre que ejerce la ley con una brutalidad que rivaliza con la de los propios criminales. Y Morgan Freeman aporta la sabiduría y la melancolía en un ejercicio de reflexión y autocompasión, mientras la narración va cociendo a fuego lento el retorno de la furia y la vehemencia de la venganza.