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A Civil Action (Acción civil)
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decatur555
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3,5
Publicada el 11 de septiembre de 2026
Lo más interesante de este drama judicial es que no juega a ser una película cómoda de buenos contra malos. Parte de algo terrible —familias convencidas de que la contaminación del agua ha enfermado y matado a sus hijos—, pero enseguida desplaza el foco hacia una pregunta bastante incómoda: ¿qué ocurre cuando el dolor entra en un despacho de abogados y tiene que traducirse en pruebas, costes, estrategia y dinero? Ahí es donde la película gana fuerza. No convierte la justicia en un discurso bonito, sino en un mecanismo caro, frío y agotador, donde tener razón no siempre basta y donde las víctimas pueden acabar siendo una pieza más dentro de una maquinaria que nadie controla del todo.
John Travolta funciona bien precisamente porque su personaje no empieza como un santo. Jan Schlichtmann es elegante, seguro de sí mismo, vanidoso y muy consciente del valor económico de cada caso. Al principio parece casi más interesado en calcular posibilidades que en escuchar de verdad a las familias. Y eso hace que su evolución resulte más interesante. No es el abogado puro que se lanza a salvar el mundo desde el minuto uno, sino alguien que va quedando atrapado por un caso que primero cree poder dominar. Poco a poco, lo que parecía una oportunidad profesional se convierte en una obsesión, y lo que parecía una causa rentable empieza a comérselo todo: el dinero, el despacho, la autoestima y hasta la imagen que tenía de sí mismo.
La película tiene además un Robert Duvall magnífico. Su abogado defensor es seco, astuto, modesto en apariencia y absolutamente peligroso. No necesita levantar la voz ni hacer grandes escenas para imponerse. Basta con verlo moverse por los pasillos, hacer preguntas aparentemente inocentes o esconderse detrás de una lógica profesional impecable para entender que el sistema también favorece a quien sabe desgastarte. Duvall representa muy bien esa parte del derecho que no necesita parecer malvada para ser demoledora. No es un villano de caricatura; es un hombre que conoce las reglas mejor que nadie y sabe que, en un juicio, la verdad puede importar menos que la carga de la prueba, el dinero disponible y la paciencia para esperar.
Steven Zaillian escribe con inteligencia y dirige con sobriedad. A veces quizá demasiada. Se nota que le interesa más el desgaste del proceso que el gran clímax de tribunal, y eso tiene algo de honesto porque la vida real rara vez ofrece discursos perfectos, testigos definitivos y justicia limpia en el último minuto. Pero también entiendo que a quien busque un drama judicial más vibrante pueda parecerle algo fría. La película evita el golpe fácil, pero en ocasiones también evita demasiada emoción. Hay escenas muy buenas, una fotografía elegante y sombría de Conrad L. Hall, y una sensación constante de derrota que va entrando poco a poco. Sin embargo, a ratos parece que el material pedía una película todavía más intensa.
Lo que más me gustó es que no simplifica. Las familias tienen razón en su dolor, pero el sistema no se ordena mágicamente alrededor de esa razón. Las empresas no aparecen como monstruos gritando en una sala, sino como estructuras capaces de esperar, negar, dilatar y protegerse. Los abogados de las víctimas también tienen intereses, ego y miedo a perderlo todo. Y el propio Schlichtmann, cuanto más se acerca moralmente a la causa, más se hunde profesionalmente. Esa contradicción me parece muy potente: quizá hacerse mejor persona no te salva, quizá incluso te arruina. Pero al menos te obliga a mirar de otra manera aquello que antes solo calculabas.
Al final me queda una película respetable, sobria y bastante adulta. No es perfecta: le falta algo de nervio cinematográfico, quizá un clímax más memorable y una mayor cercanía emocional con las familias que originan el caso. Pero precisamente su sequedad también forma parte de su valor. No vende la justicia como una victoria luminosa, sino como una batalla sucia, carísima y muchas veces insatisfactoria. Basada en hechos reales, habla de contaminación, responsabilidad empresarial y daño humano, pero también de algo más triste: de cómo incluso las causas justas pueden perderse entre facturas, tecnicismos y acuerdos insuficientes. Y por eso funciona. Porque no te deja con la euforia de haber visto ganar al bien, sino con la incomodidad de entender cuánto cuesta siquiera intentarlo.