Hay películas que no se ven, se atraviesan. Esta es una de ellas. La recuerdo como un golpe seco, de esos que no hacen ruido pero dejan marca. No intenta explicar nada, no subraya emociones ni busca el aplauso fácil. Simplemente observa, con una cercanía incómoda, a alguien que nunca terminó de encajar ni en el mundo ni en sí mismo. Y lo hace sin romanticismo barato, sin convertir el dolor en espectáculo.
Lo que más impresiona es la contención. Todo está filmado con una calma casi ascética, como si la cámara supiera que cualquier exceso sería una traición. El blanco y negro no es una decisión estética caprichosa, es una forma de mirar: fría, directa, honesta. Aquí no hay mitificación del genio ni del malditismo. Hay cansancio, hay confusión, hay una tristeza que se va acumulando sin avisar.
El retrato del protagonista es devastador precisamente porque nunca fuerza la empatía. No te pide que lo entiendas ni que lo justifiques. Te deja ahí, acompañándolo, viendo cómo la presión creativa, la fragilidad emocional y la vida cotidiana van formando una tormenta silenciosa. Todo parece pequeño, doméstico, incluso banal… y por eso resulta tan real. Es una película que habla mucho del peso de vivir cuando no sabes cómo hacerlo.
La música está presente, claro, pero no domina. No está ahí para lucirse ni para convertir cada escena en un videoclip. Funciona como un eco, como algo que nace de dentro y no como una banda sonora que impone emociones. Eso la hace aún más dolorosa. Porque entiendes que la creación no salva a nadie por sí sola. A veces ni siquiera ayuda.
Hay una tristeza muy específica en todo el conjunto: la de alguien que quiere amar, crear, pertenecer… y no sabe cómo. No hay grandes discursos ni momentos diseñados para quedarse en la memoria colectiva. Todo es más pequeño, más íntimo, más incómodo. Y precisamente por eso, más honesto.
No es una película fácil ni complaciente, pero sí profundamente respetuosa. Con la música, con la persona que retrata y con el espectador. De esas que no envejecen porque no estaban hechas para gustar, sino para decir algo verdadero.