IT: Bienvenidos a Derry llega con la desventaja de que ya sabemos demasiado: conocemos el pueblo, conocemos al monstruo y conocemos, más o menos, cómo acaba todo. Y aun así, la serie consigue que volver a Derry tenga sentido. No es solo una precuela que estira una marca conocida; se nota el esfuerzo por construir un universo propio, con otra generación marcada por el miedo y por una ciudad que lleva el mal incrustado en los cimientos.
Lo que más funciona es cómo mezcla terror sobrenatural con horrores muy terrenales. Aquí el miedo no viene solo de lo que se esconde en las alcantarillas, sino del racismo, el abuso de poder, las heridas familiares y un pasado que nunca termina de enterrarse. A veces la serie subraya demasiado estas ideas, pero cuando las deja respirar, duele más que cualquier sobresalto. Hay momentos en los que Derry parece un experimento social cruel antes que un simple escenario de sustos.
En lo puramente de género, la cosa es irregular, pero con picos muy disfrutables. Hay imágenes y set pieces que se te quedan grabadas, y la atmósfera es densa, pegajosa, muy de “pueblo maldito” donde algo está permanentemente torcido. También es verdad que el CGI y el festival de monstruos digitales restan impacto en algunos pasajes, sobre todo cuando todo se vuelve demasiado ruidoso. Pero, en conjunto, el tono enfermizo y la sensación de amenaza constante se mantienen bastante bien.
Los personajes quizá sean el punto más delicado. No todos están igual de trabajados y, en ocasiones, se nota el diálogo expositivo y la obligación de encajar subtramas para sostener varios episodios. Aun así, el núcleo central aguanta: hay un par de relaciones que sostienen emocionalmente la serie y algunas interpretaciones que dan más verdad de la que el guion les pone por escrito. No te enamoras de todo el reparto, pero sí de suficientes como para querer seguirles el rastro.
Como pieza dentro del “universo It”, Bienvenidos a Derry cumple con creces. Amplía la mitología sin cargársela, ofrece un puñado de escenas potentes y, sobre todo, devuelve la sensación de que Derry es algo más que un decorado: es una condena. No es perfecta, tiene altibajos y algún tramo que se siente más fórmula que pesadilla genuina, pero como precuela se sostiene y deja con ganas de seguir bajando escaleras hacia la oscuridad.