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    Astérix y Obélix: Al servicio de su majestad
    Críticas
    1,0
    Muy mala
    Astérix y Obélix: Al servicio de su majestad

    Una clase muy poco magistral

    por Quim Casas
    ¿Puede tener alguna relación una clase magistral de David Cronenberg, David Lynch, Pedro Almodóvar, Jean-Luc Godard, John Woo, Lars von Trier, Takeshi Kitano y Tim Burton con una película tan anodina, previsible, innecesaria, como Astérix y Obélix al servicio de su majestad? Pues sí, que el firmante de esta cuarta entrega de las andanzas cinematográficas de los irreductibles galos creados por Goscinny y Uderzo es un cineasta que antes fue periodista cinematográfico, y como tal publicó un interesante libro en el que entrevistaba a los directores antes citados (más Woody Allen, Emir Kusturica, Jean-Pierre Jeunet, Wim Wenders y los hermanos Coen, entre otros) para que dictarán su programa básico sobre el arte cinematográfico, entrevistas recogidas en el volumen publicado por Paidós 'Lecciones de cine'. Clases magistrales de grandes directores explicadas por ellos mismos' (2003).

    Visto el filme, muy poco de aquellas lecciones magistrales quedó registrado ya no en la mente, sino en el subconsciente de Tirard. Sus anteriores trabajos como realizador son tan discretos como eficaces, pero esta liberrina adaptación de un clásico de la serie de Goscinny y Uderzo, Astérix en Bretaña (1966), es tan patosa y aburrida que uno cuesta imaginarse a su director hablando de tú a tú, tiempo atrás, con los autores de Terciopelo azul, Cromosoma 3 o Sonatine, y extrayendo alguna enseñanza más allá de las voces registradas en su magnetófono.

    El 3D aún empeora las cosas, ya que es sucio, desorientado, con los fondos borrosos, sin relieve, parco, tacaño en efectos cuando al menos, en un producto de estas características, podríamos pedir ver en volumen tridimensional el vuelo de las sandalias de los centuriones romanos después de que sus propietarios recibieran alguno de los ilustres puñetazos de los galos protagonistas y saciados de pócima mágica. El doblaje español tampoco ayuda en su tono castizo –¡Dios, que es una película francesa ambientadas en los tiempos de Julio César y con galos, romanos y bretones como protagonistas! ¡Esos churris! ¡Esa forma de hablar del sobrino del jefe galo como si fuera un rockero pijo que escucha a Mika!–, ni aún menos que conviertan un partido de rugby en territorio bretón en otro de los enésimos encuentros entre el Madrid y el Barça, que de momento siguen sin practicar el rugby.

    La adaptación hispana no ayuda, pero la materia primera tampoco da para más. Y aunque uno entiende que en época de crisis hasta los actores más reputados acepten cobrar mucho por trabajar poco en una película de estas características, da grima, por no decir otra cosa, ver a Catherine Deneuve –ella siempre tan contenta de trabajar con Philippe Garrel, Manoel de Oliveira, Arnaud Desplecin, Hadjithomas & Joreige, Raúl Ruiz o Valeria Sarmiento– haciendo dos sesiones de rodaje como la reina bretona; a Jean Rochefort –consciente de que medio mundo le recuerda ahora por su mesurada composición del escultor en el ocaso de su vida de El artista y la modelo– apareciendo en una sola toma; que Fabrice Luchini –devuelto al pedestal del cine de autor gracias al último Ozon– sea un ridículo Julio César que, para acabar de estropear las cosas, se sienta en el diván del sicólogo y confunda una paloma mensajera con un móvil sin cobertura; de Gérard Depardieu mejor no decir nada. ¡¡Por Tutatis y no sé que más!!

    A favor: ?????.

    En contra: es aburrida, nada divertida y aún menos aventurera.
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