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Mi SensaCine
    El dictador
    Críticas
    3,5
    Buena
    El dictador

    La carcajada inmoral

    por Alejandro G.Calvo
    Es increíble que Sacha Baron Cohen pueda seguir trabajando en los EE.UU. No se me ocurre ningún otro creador capaz de cargar con tanta fuerza y con tan mala baba contra los preceptos morales que son bandera del gobierno americano y aun así, no sólo salir indemne, sino que disfruta del status de estrella (extravagante, eso sí) con igual condición que muchos de sus colegas de profesión. Podría parecer un chiste malsonante, de trazo grueso y poca gracia, pero lo cierto es que salvo 'Ali G anda suelto', todas las películas pergeñadas por Sacha Baron Cohen -no incluyo sus trabajos alimenticios al lado de Tim Burton y Martin Scorsese- son auténticas bombas (terroristas) del humor más salvaje, irreverente y brillante que ha dado la comedia americana moderna. Cohen es tan punk que trasciende toda regla conocida, sus juegos con el mockumentary tanto en 'Borat' como en 'Bruno' le dieron fama y prestigio internacional gracias a su talante kamikaze, a su capacidad para sobrepasar cualquier código ético conocido hasta la fecha. Su sentido del humor no conoce ganadores, sólo víctimas arrasadas bajo su paso. Un cúmulo de cuerpos que ejemplifican lo que más odia: la sociedad biempensante, tanto da demócrata que republicana, esa América paleta y proto-fascista que aplaudía a Bush en la invasión a Oriente Medio, pero también esa otra América progre, de piel tostada en Santa Mónica y la cartera llena de billetes provenientes del show business. Cohen no tiene piedad, ridiculiza al extranjero, humilla sus costumbres, su religión, su ignorancia frente a la tecnología, los códigos que rigen su sociedad... para luego volver dicho ataque contra su país de origen con redobladas fuerzas -en un momento de 'El dictador' el personaje al que da vida Phillip C. Railly reconoce que para él "todos son árabes: los chinos, los negros, los hispanos y los judíos, vaya, cualquiera que no sea norteamericano es un árabe para nosotros"-. Y es que en el mundo de Cohen -y Larry Charles, no lo olvidemos, director de esta trilogía del despiporre escatológico formada por 'Borat', 'Bruno' y 'El dictador'- siempre existe más aprecio por el pastor cateto que sodomiza a sus cabras que para el americano medio que ve el telediario de la Fox mientras se como un menú completo del Kentucky Fried Chicken.

    En un momento de la película vemos a una joven asiática cargar una bolsa de judías pintas con unos ganchos que le sirven como manos, al haber perdido estas en un atentado suicida. Por culpa de dichos hierros la bolsa se rasga derramando toda la legumbre por el suelo, es entonces cuando el General Aladeen (reconvertido en gerente de una tienda de alimentos orgánicos) le grita: "¡Tú, Garfio, quieres hacer bien tu trabajo!". Aquí va otro chiste similar, cuando una joven le dice a Aladeen que está embarazada este responde: "¿Y qué será niño o aborto?". Que el lector no se preocupe, no estoy destripando nada de la película ni estoy restándole chistes a la trama: 'El dictador' puede ser, fácilmente, la película con más chistes por segundo que he visto desde 'Los caballeros de la mesa cuadrada (y sus locos seguidores)'. Pero me parecía importante remarcar el tipo de humor -esperable, por otra parte- que la película ofrece para dejar claro que ésta no será del gusto de la gran mayoría. No hay que escandalizarse, pasaba lo mismo con 'Torrente 4: Lethal Crisis', con la diferencia de que la película de Cohen es tan bruta que hace parecer a la de Santiago Segura una comedia romántica con Hannah Montana o un episodio de ‘Médico de familia'. Hay chistes sobre todos los tabús posibles: pedofilia, violaciones, racismo, terrorismo, homosexualidad... y en todos se acaba pasando varios pueblos de lo humanamente considerable como sensato. Esa es la fórmula: cuanto más burra sea la broma y más duro sea el ataque, mejor que mejor. De ahí que puede que unas chanzas estén más afinadas que otras pero, al igual que ocurre en 'South Park' o en las producciones televisivas de Ricky Gervais, esa valoración acaba importando poco frente al desconcierto que provoca la animalada cometida. Es humor por exceso, más malsano que el humor negro, más hortera que el pos-humor chanante. No es que se vean mujeres con axilas peludas es que hay un plano detalle de como el zumbado protagonista recorre con su lengua todo el vello axial.

    Uno podría pensar que para qué tanto exceso, para qué tanta brutalidad. Y hasta cierto punto podría tener razón sino fuera por la brillante jugada que Cohen se guarda para el cierre de la película. Y es que, me crean o no, después de todo el descalabro, después haber superado todos los límites del buen y el mal gusto conocidos, el actor acomete un speech final cargando contra los EEUU de una forma tremendamente similar a la realizada por Charles Chaplin contra Adolf Hitler en 'El gran dictador'. Un ataque furibundo hacia su país de adopción (Cohen es británico) que esta vez no se esconde tras ninguna grotesca metáfora. Una acusación certera, seria y doliente que, en pocas palabras viene a decir que, a día de hoy, en los países occidentales no existe mucha diferencia entre una democracia y una dictadura. Y sólo por eso esta película ya merece todos los aplausos del mundo.

    A favor: Un guion escrito por los mismos que hacían (y hacen) posible 'Seinfeld', 'Saturday Night Live', 'El show de Conan O'Brian', 'Larry David'...

    En contra: La historia de amor, un motor dramático fácilmente descartable y/o prescindible.
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