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El último concierto

Disonancias del arte y la vida

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La íntima compenetración entre el arte y la vida podría considerarse como el tema por antonomasia del cine. En el fondo, en su subtexto, todas las películas abordan los intricados nexos que se establecen entre el arte de la imagen y el arte de vivir. Sin embargo, hay films que juegan a poner dicha relación –eminentemente turbulenta– en primer plano. Para conseguirlo, el cine ha tendido a buscar un reflejo en el propio cine o también, de forma habitual, en el teatro. Pensemos en películas tan dispares como ‘Empieza el espectáculo’, ‘Vania en la calle 42’ o ‘Qué ruina de función’: todas analizan el devenir de sus personajes a partir del estudio de su arte. Y eso es justamente lo que se propone ‘El último concierto’ tomando como eje temático el ámbito de la música clásica; más concretamente, el singular universo de los cuartetos de cuerda; y afinando todavía más, la compleja interpretación del Opus 131 en Do sostenido menor de Ludwig van Beethoven.


La pieza en cuestión, conocida como el Cuarteto de cuerda nº14, obliga a sus intérpretes a mantenerse compenetrados durante más de 40 minutos sin pausa alguna. Un tema para virtuosos que se convierte en la perfecta metáfora de la tensa relación que se establece entre los cuatro músicos protagonistas de la película que nos ocupa. Y ahí encontramos el centro neurálgico de ‘El último cuarteto’: las disonancias que van surgiendo en el tema musical, y que deben ser reajustadas sobre la marcha por los intérpretes, hallan su reflejo en las disonancias vitales (relacionales) que emergen entre los protagonistas. Además, hay que tener en cuenta que en el caldero de egos susceptibles que es un cuarteto de cuerda las rencillas surgen por doquier. Unos conflictos que van de la tragedia personal (el luto, la enfermedad) al melodrama sentimental (infidelidades, amores ilícitos) y que conforman un guión al que no le hubiese venido mal alguna disonancia más, algún desequilibrio profundo. Pese a la pirotecnia dramática, en ‘El último cuarteto’ todo parece demasiado controlado, un academicismo o perfeccionismo que sirve al buen hacer de los músicos, pero que cuando hablamos de un relato fílmico suele desembocar en una narración demasiado acartonada y previsible.

Y, sin embargo, la película consigue cobrar vida. Un mérito que recae en unos intérpretes que aportan al conjunto todo tipo de inputs favorables. Está la melancolía interiorizada de Christopher Walken, que se olvida momentáneamente de la deriva autoirónica de su trayectoria y se centra en dar vida a un hombre comprometido con la vida de su arte y con el arte de la vida. Por su parte, Phillip Seymour Hoffman hace lo que mejor sabe hacer: deslumbrar en cada escena y en cada registro. ¿Que toca caminar por la cuerda floja de la emotividad? Ahí está Hoffman para pasearse por el borde del llanto. ¿Que toca mostrarse rencoroso y autoritario? Entonces surge la bestia interior de este actor pletórico. Aunque lo más destacable del film en materia actoral es seguramente la simple y llana presencia de Catherine Keener, una actriz que con el tiempo se ha ido liberando del histrionismo cool que la convirtió en un icono del cine indie. Observar su rostro sereno y lleno de arrugas nos sitúa ante un espejo en el que encontramos retratado el paso del tiempo: encomiable proceso de maduración.

Por último, vale la pena recordar una escena que reúne lo mejor y peor de esta película desigual. La escena en cuestión está protagonizada por Christopher Walken, que se sienta en el comedor de su apartamento a escuchar un vinilo en el que resuena la poderosa voz de su esposa muerta. La mirada perdida de Walken, dominada por la nostalgia, al borde de las lágrimas, se erige en un monumento a la emoción genuina, una puerta abierta a todo un universo de recuerdos invisibles. Pero entonces, Yaron Zilberman, que debuta como director de un film de ficción, decide mostrarnos un contraplano en el que aparece el espectro de la esposa. La magia intangible de una mirada destrozada por un truco narrativo (la aparición fantasmal) que aquí resulta chapucero, una agresiva concesión a la obviedad. Cara y cruz de un film estimable e irregular.

A favor: El trabajo de todos los actores.

En contra: En ocasiones, Zilberman (el director) parece demasiado preocupado por hacer brillar su estilo.


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