Mi SensaCine
La vida de Adèle
Críticas
5,0
Obra maestra
La vida de Adèle

Amor físico, desgarro interior

por

A gran parte de los presentes en el Festival de Cannes sorprendió la contundencia y el consenso con que 'La vida de Adèle' sedujo a casi todos los espectadores. Por lo que a este cronista se refiere, tratándose de Abdellatif Kechiche, el entusiasmo era cuanto menos previsible. En sus anteriores largometrajes -'La Faut a Voltaire' (2001), 'La escurridiza' (2004), 'Cuscús' (2007), 'Vénus noire' (2010)-, no todos ellos estrenados en nuestras salas, el cineasta francés de origen magrebí ya dio muestras de su extraordinario talento para armar relatos de vocación popular pero con un tratamiento profundamente personal y artístico (la magnífica 'Cuscús' fue un verdadero éxito de taquilla en Francia), así como de la importancia crucial que concede al trabajo de los intérpretes, al cine entendido como la aventura expresiva del cuerpo. Su obra parece responder a una búsqueda en la que el valor de la palabra y de la imagen encuentren su perfecta equivalencia. Inspirada en el cómic de Julie Maroh 'El azul es un color cálido' -quien publicó en su blog personal varias reflexiones controvertidas en torno a sus impresiones del film, como que se trataba de un emotivo relato sobre lesbianas pero realizado sin lesbianas-, la película con la que Kechiche obtenía la Palma de Oro parecía proponer una mirada insólita, hasta entonces nunca vista en el cine, en torno a la naturaleza carnal del deseo en el amor lésbico.


'La vida de Adele' parte de una premisa ordinaria, convencional, de una historia de amor y ruptura mil veces contada, especialmente en el cine francés. Su contenido dramático (organizado en dos capítulos) es incluso esquemático: amor a primera vista, despertar de la sexualidad, pasión física correspondida, convivencia, ruptura y reencuentro. Kechiche solo recoge la estructura del cómic original de Maroh -que es mucho más trágico y mórbido que el film- para a partir de él ofrecer una lección de puesta en escena, de aquello que en definitiva hace grande a una película: la armonía entre idea y representación, o si quieren, entre la escritura, la dirección y la intepretación. En este sentido, estamos frenta a una obra mayor, ciertamente insuperable desde los términos en que está planteada y los resultados que obtiene. Fuera del circuito del cine porno, el sexo entre mujeres nunca se ha filmado con tanta intimidad y explicitud como en 'La vida de Adèle', con dos largos bloques de sexo que ocupan el corazón de la película y al que a la postre van a dar todas las fugas sentimentales de la relación entre Adèle (Adèle Exachorpoulos) y Emma (Léa Seydoux), de modo que el contenido emocional de la propuesta lo debemos a la vibración, casi la brutalidad física con que director y actrices, mediante un trabajo sublime (no libre de controversias posteriores), trascienden la superficie de la pantalla.

Se podrá debatir una y mil veces sobre el carácter naturalista o estilizado de las imágenes, sobre el peso específico del cine como arte del simulacro o de la revelación documental, pero lo cierto es que a ese abismo al que se asoma 'La vida de Adele', concentrado en el magnetismo carnal de sus intérpretes (en una película que discurre esencialmente sobre el deseo y el placer), muy pocos cineastas se han asomado con anterioridad. John Cassavetes y Maurice Pialat ('A nuestros amores', 1983) emergen como esenciales piedras de toque a este respecto en el cine de Kechiche. Como ya ha venido revelando en sus trabajos precedentes, la estrategia del cine performativo, concediendo mayor tiempo del habitual a cada secuencia y conjurando así una suerte de estado voyeurístico (en torno al sexo, pero también en torno a la relación amorosa y la vida interior de sus personajes), apela a una clase de cine para el que el plano no basta con ser visto, sino que debe ser trascendido. La vibración de la mirada va más allá de la mera complacencia visual, apela al placer físico, sensorial, que no se ciñe solo a la representación del sexo, sino a la sensualidad de los sentidos, especialmente pregnantes en otras dos largas escenas de contenido “gastronómico”.

Fue una de las grandes conquistas del cine moderno (Bergman, la Nouvelle Vague, Cassavetes): el despertar del cuerpo en la pantalla cinematográfica. Y a ese linaje se suma Kechiche, como antes lo hicieron Pialat (probablemente el que más lejos lo llevó) o Garrel. Si la irrupción en la pantalla de Brigitte Bardot significó, según Antoine de Baecque, "la conciencia de la visión del cuerpo moderno" -el trayecto que va de 'Y Dios creó a la mujer' (1956, Roger Vadim) a 'El desprecio' (1963, Jean-Luc Godard)-, 'La vida de Adèle' apela a la conciencia masculina de la belleza de ese cuerpo para ofrecernos una mirada sin filtros, poderosamente contemporánea, del sexo lésbico, ese que el cine tradicionalmente ha ocultado por diferentes motivos. Dice Kechiche que ha filmado los encuentros seuxales de sus actrices (a quienes se refiere como "modelos") como si fueran pinturas clásicas. El film lleva consigo el impulso, y la responsabilidad, de marcar un antes y un después en el potencial de las formas cinematográficas. Sin renunciar a ese placer probablemente perverso que el cine, como arte esencialmente voyeurístico, facilita, el objetivo es tan plausible como perturbador: el amor físico no se diferencia del desagarro interior, el aspecto carnal no puede separarse de los sentimientos. Una película en estado de gracia.


Lo mejor: El descubrimiento de una actriz sobrenatural, Adèle Exachorpoulos, capaz de robarle todos los planos a la mismísima Léa Seydoux.

Lo peor: La polémica que ha rodeado a la película (los deplorables métodos y condiciones de trabajo denunciados por equipo artístico y técnico) tras su estreno en Francia.

¿Quieres leer más críticas?
  • Las últimas críticas de SensaCine
  • Las mejores películas según los usuarios
  • Las mejores películas según los medios

Comentarios

  • Mar?a R.

    Pues sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… Mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance. Las propias lesbianas somos tan críticas con esta película precisamente porque nos vemos reducidas a una fantasía absurda de un hombre heterosexual, posturas ridículas y una actitud como de “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo”. Teniendo una historia tan maravillosa como la que tenía, con un temazo a desarrollar, un punto de partida estupendo en la obra original para trabajarlo y unas actrices entregadas y convincentes para darle vida, Kechiche ha malgastado sus 180 minutos de película en tijeras cunnilingus. A “La Vida de Adèle” le falta verdad y le sobran erecciones. En su cómic, Julie Maroh quiere dar visibilidad a las dificultades con las que se encuentra un adolescente durante el proceso de aceptación de su diversidad sexual, además de presentar una historia de amor excelente, bien cuidada, respetuosa, estética. Pero la prioridad de Abdellatif Kechiche ha sido ejercer de dictador. Él quería sostener la lupa como un voyeur dándose el lujo de exigir todas sus fantasías desde el lugar más privilegiado. No nos extrañe pues que Maroh haya denominado a esta película “pornografía para mentes masculinas”.

    Y conste que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado, como por ejemplo sucede en el cómic. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica. Podía haber sido una escena de sexo rodada con respeto, buen gusto, erotismo y sensibilidad y no quedarse en el puro morbo de un director tiránico que parece regodearse en las tijeras y el cunnilingus mientras filma para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como otra cosa. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual y obsesivo.

    Por ejemplo, una película como Nymphomaniac es bastante más honesta que ésta en cuanto a propósitos y objetivos, ya que no miente al presentarse a sí misma: “FORGET LOVE” es su frase de presentación y en ningún momento reniega de sus escenas pornográficas o de sexo explícito. Pero Kechiche hace todo lo contrario, muy hipócritamente: rueda escenas claramente pornográficas y de bastante mal gusto y nos las quiere hacer tragar no sólo como necesarias sino como demostración de la pasión más auténtica. Pues por eso yo no paso, lo siento mucho, no quiero que se me tome por idiota. Lo que ha rodado este hombre es porno, se ha recreado en él y en las actrices y ha querido hacerlo así para llenar más salas, crear más audiencia y alimentar más morbo (sobre todo el masculino).

    Si habéis leído el cómic (que os recomiendo para que veais por vosotras mismas la diferencia), comprobaréis que las escenas de sexo no tienen nada que ver. Son explícitas, sí, pero no se recrean injustificadamente ni ofrecen morbo gratuito no resultan tópicas o insultantes. Son naturales, sugerentes y estéticas. En la película no veo más que tetas bamboleantes y posturas ridículas propias de un vídeo de Youporn.

    Creo que estas escenas causan tanta indignación (a mí por lo menos) porque en ellas el director está lejos de ser ingenuo o esteta al haberlas rodado, sino morboso. Ni las lesbianas practicamos tan frecuentemente las tijeras (de hecho es una postura poco común y que está más presente en las fantasías heteros que en nuestras prácticas reales) ni desde luego tampoco follamos así la primera vez, como dos actrices porno que ya lo supieran hacer todo. No seamos inocentes, por favor: nuestra indignación radica en el hecho de que la mirada de este director es bastante hipócrita, porque nos quiere vender unas escenas sexuales supuestamente filmadas con realismo, belleza y sensibilidad cuando lo que vemos es pura recreación pornográfica con fines comerciales. El sexo lésbico vende, y eso el director lo sabía y por eso lo ha explotado, por eso todas las justificaciones de estas escenas nos parecen cuentos y engaños bastante perversos. Quizá no haya sido tu caso, no lo pongo en duda, pero creo que muchos tíos han visto la peli sólo buscando las escenas porno, es más, esas escenas ya aparecen insertadas desgraciadamente en muchas páginas porno de internet o incluso el vídeo entero de 10 minutos se puede encontrar fácilmente si se quiere ver porno lésbico. Es triste vernos reducidas en esas escenas a lo de siempre: meros objetos sexuales para el placer masculino, y más triste aún es que un director de cine, sabiéndolo, se haya aprovechado de ello para sacarle partido, y encima luego lo niegue y diga que no, que su película va más allá del porno y que era necesario mostrar tijeras y todo tipo de posturas para justificar la pasión. A mí me indigna mucho este argumento. Y también el de muchos críticos que intentan justificarlo y defenderlo. Yo veo puro y gratuito morbo, en lo lo demás la historia no destaca por nada, no cuenta nada especial. Si sustituimos a una de las chicas por un chico, la película habría pasado completamente desapercibida. Yo no veo que esta película fomente la igualdad, más bien todo lo contrario: hace las relaciones entre mujeres objetos de morbo. Precisamente se ha hablado tanto de ella por ser dos mujeres, probad a cambiar a una de ellas por un chico a ver con qué os quedáis… pues con una historia de lo más normal y corriente, nada de amor extraordinario. Para ver el ascenso y degradación de una pareja me quedo antes con películas como “Blue valentine” o “Revolutionary Road”, que son mucho más profundas y las interpretaciones de sus protagonistas muchísimo más ricas en matices. De modo que no nos hagamos los suecos. Cuando una película se estrena, el principal reclamo es necesariamente el director, los actores, la calidad de la misma o la recaudación obtenida en otros países. Nada de eso concurre en el caso de esta película, puesto que todos sabemos muy bien cuál ha sido el reclamo: la temática lésbica y las escenas de sexo, y así lo han aireado en todos los periódicos, artículos y críticas. Afirmar que la importancia o el éxito de “La vida de Adèle” se debe a otros motivos es cuando menos de hipócritas.

    Me parece muy bien que esta película (que a mí no me ha parecido para tanto, sino más bien mediocre y aburrida, y que ha tenido que echar mano del sexo para dar que hablar y ganar audiencia) a algunos os haya parecido la octava maravilla del mundo (será que habéis visto poco cine, no sé), ¿pero qué problema tenéis en llamar a las cosas por su nombre y admitir que las escenas sexuales son pornográficas? No pasa nada pero lo son. El problema y el cinismo vienen cuando se trata de negar la evidencia y de venderla como otra cosa, que es justo lo que sucede con esta película. No soporto que me intenten hacer comulgar con ruedas de molino ni que se niegue una evidencia tan flagrante. Tampoco me creo que con esta película toda la crítica sea de repente tan hipersensible y ajena a las escenas de sexo, como no me creo la supuestamente artística motivación del director al rodarlas, lo siento pero no me lo creo.

Mostrar comentarios
Back to Top