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    Cautivos (The Captive)
    Críticas
    3,5
    Buena
    Cautivos (The Captive)

    La reina de las nieves

    por Carlos Losilla

    Dos los son los rasgos que han caracterizado siempre el cine del canadiense Atom Egoyan. Por un lado, su fascinación por el modelo del puzzle, de los personajes separados en compartimentos estanco cuyas vidas acaban cruzándose. Por otro, su obsesión por la imagen que repite la vida, por las pantallas que la multiplican. Ahí está El liquidador, una de sus mejores películas, para ilustrar el primer caso: una turbia historia de varios caracteres encerrados en sus propios mundos. Y ahí está Family Viewing para el segundo, con toda su parafernalia de voyeurismo y mundos que se cruzan a través de la mirada. Falta algo más, sin embargo: tanto el puzzle como la imagen se cruzan en una figura vulnerable, la infancia, que permanece siempre en el medio de ese fuego cruzado. Y acaba siendo la víctima de esos desgarros. En El dulce porvenir, basada en la novela de Russell Banks, el recuerdo de unos niños víctimas de un accidente de carretera atormenta  a toda una comunidad hecha añicos por esa desgracia. Pues bien, Cautivos continúa con esta poética de forma casi geométrica: la historia de una niña secuestrada y la evolución de su búsqueda a través del tiempo, en el seno de una comunidad canadiense prácticamente aislada por la nieve (y aderezada por citas constantes de La flauta mágica y su Reina de la Noche), aborda las nuevas tecnologías como parte de un universo cada vez más fragmentado, de unas imágenes cada vez más omnipresentes.




    Cautivos - Cartel

    En este sentido, la película forma parte de la última deriva de Egoyan. En películas como Adoration, Chloe o Condenados, ya había intentado mezclar su universo habitual con intrigas policíaca, estructuras de thriller, más acordes con un cierto cine comercial de Hollywood. Todo se queda siempre a medio camino, sin embargo. Pero en Cautivos, alcanza una coherencia, no del todo  conseguida, de la que carecían las anteriores muestras de ese estilo. El secuestrado y y su víctima habitan una casa llena de pantallas, donde él a la vez espía a la policía y a los padres de la chica a través de los años. Una agente especialmente aguerrida se expondrá a sí misma para resolver el caso, y correrá una suerte paralela a la de la muchacha. La localidad donde sucede la acción es una especie de laberinto blanco en el que todos se cruzan pero solo se encuentran para intrigar o hablar del caso. Y los encuadres de Agoyan son asfixiantes, a la vez nítidos y turbadores, como si en sus rincones guardaran un secreto inaccesible. Si a ello añadimos que la cautiva, por orden de su secuestrador, utiliza la pantalla del ordenador para atraer a más víctimas, todo ello en el marco de una red delictiva más amplia, y que a su vez el criminal espía a sus padres por el mismo método, la trama se convierte en una especie de tejido impenetrable donde cada color remite a otro sin encontrar nunca un dibujo reconocible.

    En un momento dado, o en varios, se habla de que la protagonista, la cautiva del título original, se ha convertido únicamente en una imagen para todos, algo que ven o bien en sus mentes, o bien en el ordenador. Se trata de un bonito comentario sobre la soledad y la pérdida en el mundo contemporáneo, que en el fondo siempre ha sido el tema favorito de Egoyan. Todos vivimos en nuestro universo, como mucho reflejados por imágenes (¿para cuándo una película de Egoyan sobre los móviles?), y los sentimientos ya no son más que mensajes cifrados que nos enviamos unos a otros, por medio de una tecnología que es a la vez salvadora y condenatoria. ¿Qué ocurre entonces cuando se produce la muerte, la desaparición o el desvanecimiento? En Cautivos, todo queda en suspenso, y solo queda la búsqueda desesperada. En la primera parte, Egoyan renuncia a los mecanismos típicos del thriller para exponer un mundo eternamente incomunicado, desgarrado por esa desaparición de la inocencia. En la segunda (y es una lástima), tiene que darle una solución más convencional a la historia y recurre a a persecuciones y tiroteos que desvirtúan un poco el estilo de la película. No obstante, eso no llega a enturbiar la inquietud que desprende esta película no tan banal como pudiera parecer, que recupera la dignidad y la densidad perdidas por este tipo de productos.

     

    A favor: El universo envolvente y alucinatorio en el que se desenvuelve la historia.

    En contra: La excesiva sujeción a ciertas fórmulas de género, con las que Egoyan nunca ha sabido negociar demasiado bien.

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