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    El cuento de la princesa Kaguya
    Críticas
    4,5
    Imprescindible
    El cuento de la princesa Kaguya

    Princesa por sorpresa

    por Xavi Sánchez Pons
    Hablemos claro: Isao Takahata es el tapado de Studio Ghibli. La sombra alargada de Hayao Miyazaki le ha mantenido en un segundo plano a nivel de reconocimiento público –premios, presencia en la prensa, popularidad-. Ahora bien, más allá de ese reconocimiento –el paso del tiempo le pondrá al mismo nivel del realizador de El viaje de Chihiro-, lo que nadie pone en duda es su valía como animador superdotado; ahí está su trabajo como colaborador estrecho de Miyazaki (entre otras cosas fue productor de El castillo en el cielo y Nausicaä del Valle del Viento); o su labor como director de obras maestras del calibre de La tumba de las luciérnagas, piedra de toque del cine de animación japonés moderno y una película sobrecogedora, y de maravillas como Recuerdos del ayer y Mis vecinos los Yamada. Ahora, tres años después de su estreno en Japón, llega por fin a los cines españoles El cuento de la princesa Kaguya, una de las mejores y más bellas obras de Takahata.

    El cuento de la princesa Kaguya - Cartel
    La nueva película del cineasta nipón, que parte de un cuento del folklore japonés del siglo décimo, funciona de forma satisfactoria a diversos niveles. Y es que el relato protagonizado por una princesa nacida de un tallo de bambú y criada en el seno de una familia de campesinos que un día decide convertirla en una dama de la aristocracia, le sirve a Takahata para reivindicar la tradición oral de su país, el realismo mágico, y para construir el que quizás sea el personaje femenino más potente visto nunca en un filme de la Ghibli: esa princesa Kaguya a ratos vencida por la angustia adolescente, pero capaz de rebelarse parcialmente contra el destino y evitar a sus pretendientes con ingenio. El cuento de la princesa Kaguya también recuerda que uno no debe avergonzarse de sus orígenes humildes, y además presenta una subtrama cercana al melodrama clásico (la historia de amor entre Kaguya y el joven Sutemaru) resuelta en una bellísima y prodigiosa secuencia onírica que se sitúa entre lo mejor del responsable de Pompoko.

    En lo referente a la animación, el trabajo aquí es de orfebrería pura, unos trazos artesanales que de repente se convierten en pura abstracción. Ahí están todas las escenas que representan los estados emocionales de la princesa; el momento en el que la protagonista huye de su palacete, harta de ser educada como una dama de alcurnia, es una revolución animada en la que los cuerpos y el paisaje se convierten en un todo –la secuencia recuerda al Bill Plympton de vanguardia-. Más allá de esa conceptualización del dibujo, la película también juega de forma espléndida en el terreno del sentido de la maravilla, un sentido que va de lo pequeño a lo grande de forma natural. El cuento de la princesa Kaguya se inicia con el nacimiento mágico de la princesa en un tallo de bambú –una niña en miniatura que se convertirá en un bebé-, y finaliza con un clímax conmovedor y bellísimo que apuesta por la fantasía sin cortapisas.


    A favor: el poderoso personaje femenino de la princesa Kaguya

    En contra: que haya tardado tres años en estrenarse en España
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