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    Remine, el último movimiento obrero
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    Elcinepormontera E.
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    11 usuarios 14 críticas Sigue sus publicaciones

    4,0
    Publicada el 6 de febrero de 2015
    Aunque la película de Marcos M. Merino retrate un conflicto laboral en un ámbito geográfico muy especifico y determinado, ReMine transciende los regionalismos y las fronteras y se convierte en un documental de valor universal. No hace falta ser minero para sentirse identificado con la desesperación de unos trabajadores sin futuro. No hace falta ser asturiano, ni español, ni europeo, para emocionarse con las lágrimas de unas mujeres que tienen a sus maridos encerrados en un pozo a 500 metros de profundidad. O para identificarse con la preocupación de unos padres y de unos abuelos que ven como su pensión, es el único sustento de una juventud perdida en el desempleo. Desgraciadamente, la realidad que retrata el documentalista asturiano es tan global, que ReMine emociona en Buenos Aires, en San Petersburgo, en México, o en cualquier rincón de este herido planeta donde se proyecte.

    Uno de los grandes aciertos del director, es la de renunciar a la convencional voz de narración omnisciente (tan habitual y tan pesada en muchos documentales) y dejar que sea la propia realidad la que vaya escribiendo la banda de diálogos. La cámara de Marcos M. Merino se convierte en un testigo silencioso que acompaña las protestas de los mineros. No advertimos intromisión alguna, ni impostura en de las acciones los protagonistas. El ideario argumental es tan claro y está tan marcadamente definido por los acontecimientos, que la mínima intromisión debilitaría el resultado final del documento. Marcos M. Merino se mueve entre la acción con la prudencia y atención de un experto fotoperiodista en un campo de batalla. Hay momentos impagables que reflejan esa frescura documental. -Dos mineros jubilados observan como se preparan las barricadas para el corte de carreteras. Uno se de ellos se dirige a la cámara, tuerce el gesto y dice con solemnidad: “Tiene que haber una lucha fuerte y dura… y dura… por narices”-. Otro de esos momentos ocurre en la marcha a Madrid, durante un descanso en el camino. Un grupo de mineros reflexionan sobre la contundencia de sus manifestaciones, sobre los cortes de carreteras, sus enfrentamientos con la policía: “los transportistas se ponen en huelga y hacen daño, ni llega comida a los supermercados, ni gasolina a las gasolineras. Se pone los de la sanidad… no hay médicos, no hay nada, y hacen daño… Nos ponemos nosotros en huelga, y si no hacemos esto, a quien le hacemos daño… a nadie”.

    En este tipo de producciones documentales, donde el guión lo va construyendo la propia evolución de la acción, el montaje adquiere una importancia determinante . Ana Pfaff y Marcos. M. Merino, consiguen establecer un sólido equilibrio argumental, dar pulsión a las escenas de enfrentamientos de los mineros y los policías, y encontrar la pauta precisa para rebajar la tensión acumulada, incluso se encuentran momentos para las bromas. A pesar del metraje, 106 minutos, la película no tiene altibajos y consigue mantener constante la atención del espectador. Yo vi la película en un cine de Gijón, y no recuerdo ninguna otra película en la que ningún espectador abandonara la sala hasta que la pantalla se quedara en negro, después de que concluyeran los títulos de crédito. La emoción te deja clavado en la butaca, y uno, tarda en reaccionar.
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