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    El rey tuerto
    Críticas
    2,5
    Regular
    El rey tuerto

    La vida es puro teatro… o no

    por Carlos Losilla
    Las relaciones entre el teatro y el cine siempre han sido complicadas. Cuando una película basada en una obra teatral es demasiado claustrofóbica se dice que es excesivamente "teatral"”. Y cuando se intenta que sea más "cinematográfica", también se abjura de ella por haber querido "airear" un texto que quizá no lo necesitaba. ¿En qué quedamos? Cineastas como Joseph L. Mankiewicz o Jacques Rivette zanjaron ya la cuestión, sancionados por el patrón Jean Renoir, demostrando que filmar el teatro sin filtros, con absoluto rigor, no es lo mismo que hacer "teatro filmado". De hecho, cuando una cámara se introduce en una obra teatral para extraer de ella todos sus secretos está haciendo cine puro, ese que tiene que ver con la puesta en escena y el actor, los elementos fundamentales de una película. ¿Es lo que ocurre en El rey tuerto -adaptación de la obra de Marc Crehuet llevada al cine por él mismo en lo que constituye su ópera prima- donde cuatro actores y un decorado bastan para explicar una historia? No diría yo eso, sobre todo desde el momento en que el autor-director se limita a ilustrar su propio texto con un cierto olfato y un sentido del espectáculo muy del gusto de determinado público teatral, que consumirá la película de la misma manera que consumió la obra, es decir, con ganas de ver un conflicto dramático más bien elemental expuesto con absoluta claridad, sin matices ni deseos de indagar en lo que significa ese hecho (en el fondo tan misterioso) de que ciertos diálogos teatrales se transmuten en cine.

    El rey tuerto - Cartel
    En el fondo, El rey tuerto es una obra, y ahora una película, de eso que antes se llamaba "tesis". Dos parejas quedan para cenar, siendo las mujeres quienes se conocen desde hace tiempo y sienten deseos de revivir su amistad. Otra cosa son los elementos masculinos: uno es policía, el otro un activista social. Podríamos estar ante el enfrentamiento dramático de siempre, ante caracteres opuestos obligados a enfrentarse en escena, en la vieja tradición teatral (catalana) de Joan Pera y Paco Morán, pongamos por caso, una especie de La extraña pareja trasladada al momento político actual. Y eso sucede durante un rato. Pero luego resulta que las cosas irán por otro sitio, y todos empezarán a experimentar cambios que quizá no lo sean tanto, mientras todo se tuerce y la comedia deja paso a una especie de suspense un tanto surrealista cuando un político se cruza en todo este asunto y acaba siendo el centro de un drama inesperado. Pero no vayamos más allá en el argumento, tampoco importa mucho. Lo que importa es que El rey tuerto ofrece su material dramático poniendo el énfasis únicamente en el ritmo, los silencios, las palabras de los actores, pero nunca en lo que significa tratar todo eso desde una perspectiva cinematográfica, nunca en lo que quiere decir contar eso en planos, nunca en lo que implica que sea una cámara la que está filmando eso. Parece no haber cámara en El rey tuerto, o por lo menos el espectador atento no creo que sea capaz de percibirla. Y no porque se haga transparente, sino porque el cine, la cámara, no tienen lugar en el dispositivo montado por la película para agradar a su público. El rey tuerto es lo que cuenta y nada más. Ninguna implicación más allá de eso, ningún deseo de investigar en lo que quiere decir "filmar el teatro".

    Queda, pues, la tesis, como decíamos. Esos personajes al parecer tan representativos de nuestro tiempo (hay un claro referente real: el caso Esther Quintana), ese reflejo de la realidad que vivimos, esos personajes acuciados por un estrés que es el de nuestra época, y cuya relación personal se ve pesarosamente influida por su función social. Pero la exposición del tema, y su desarrollo, se explica en pocas palabras, y es ahí cuando la película debía haber ido más allá, dejar por momentos el texto y explorar sus circunstancias, abandonar los chistes de los actores y dedicarse a observar cómo se mueven los cuerpos en la escena, y a pensar de qué manera filmar las palabras que pronuncian. Pues el verdadero "argumento" de la película estaba ahí, y no en el resumen de una sinopsis que proviene de una carpintería teatral sin duda muy eficaz, pero también muy poco jugosa, que da para que se luzcan los actores y el autor del texto, pero poco más. Ni siquiera, tampoco, para que ese mismo texto exhiba una cierta complejidad, pues siempre parece más preocupado por seguir el hilo de los acontecimientos, incluso por dar alguna que otra sorpresa de vez en cuando, que por explorar de verdad los temas que tenía ante sí: los roles sexuales y sociales, el modo en que nos llevan a "actuar" en determinadas situaciones, y cómo esa "actuación" puede convertirse, de un momento a otro, en un desenmascaramiento colectivo, en ese quedarse "desnudos" ante los demás (y ante el público) que en teoría debería constituir el meollo de cualquier reflexión teatro-cine que se precie. Bien, a los responsables de esta película no parece interesarles eso. Están en su derecho. Y también en el derecho de dirigirse a un público que no les exige más, que quiere ver trasladada la obra teatral a la pantalla prácticamente tal cual (los actores son los mismos) para volver a reír con las mismas líneas de diálogo, para volver a sorprenderse con los mismos giros, para volver a interesarse por los mismos debates. ¿Es eso cine? Ahí está el detalle, como diría Cantinflas.


    A favor: la eficacia de una tradición teatral que la película asume con entusiasmo y evita el aburrimiento.

    En contra: la eficacia de una tradición teatral que la película asume con tal entusiasmo que le impide reflexionar sobre sí misma, sobre su validez hoy día, sobre ciertos modelos dramáticos quizá ya periclitados.
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