Alfred Hitchcock era consciente de que en 1960 iba a romper todas las normas habidas y por haber. Sin embargo, nadie pudo esperar ese final. Y cuando digo "nadie" es prácticamente literal: se aseguró de que nadie se leyera la novela original
Hoy por hoy, con el lanzamiento de una película basada en un libro, se intenta a toda costa que la gente se lea la novela original. Se colocan portadas con el póster de la cinta, una pegatina en la que pone "Visto en Netflix", se utiliza en la promoción... Sin embargo, en 1960, Alfred Hitchcock no estaba dispuesto a dejar que nadie se adelantara a su película. Cuando se leyó el Psicosis de Robert Bloch, y antes de que la gente se lo leyera por curiosidad, ordenó que su equipo comprara todos los ejemplares que encontraran antes del estreno. ¿Funcionó? Vaya que si funcionó.
Música de violines y cuchillos largos
Psicosis es mítica no solo por matar a su personaje principal en el segundo acto, sino también por hacer cosas como mostrar un retrete funcionando (algo que el Código Hays prohibía expresamente) o prohibir la entrada del público con la película ya empezada, boicoteando para siempre las sesiones continuas que en su día hacían furor. Pero, además, tiene un secreto en su final que no todos han sabido ver, especialmente después de que se revele el gran giro de Norman Bates y su madre.
Después, cortamos directamente a la consulta de un psiquiatra, donde los espectadores pasamos también a ser protagonistas. Para empezar, porque no vemos la conversación de este con Norman, pero oímos hablar de ella. Después hace una maldad, sobre todo para la época: mostrar el lado más oscuro del ser humano. Norman ha matado y no ha matado a la vez, transgrediendo por completo la imagen de un ser humano como una persona: nuestro psychokiller favorito era dos al mismo tiempo. Y lo mejor de todo es que, sin necesidad de que nadie nos lleve hacia su celda, directamente vamos allá, convirtiéndonos en el protagonista de la escena y yendo a ver a un Norman que nos mira directamente. Una decisión absolutamente maestra de un genio sin parangón.
De hecho, os recomiendo hacer el ejercicio de ver la misma escena en el Psycho de Gus Van Sant, porque es el ejemplo perfecto de por qué esa película no termina de dar en el clavo: Van Sant sí muestra la conversación con Norman, sí lleva un policía hasta la celda, haciendo que sea mucho menos personal e interesante. Ya no somos el protagonista, y la película permanece herida mientras tanto.