'Noche de bodas 2': Sarah Michelle Gellar vuelve al cine de género, aportando un toque nostálgico a una cinta desquiciada
Tomás Andrés Guerrero
-Cinema Expert
Experto en producciones de Cannon Films, Empire Pictures y Filmark, y asiduo a festivales como la CutreCon o Monstrua del Cine Chungo.

La protagonista de la serie 'Buffy, cazavampiros' se une a la franquicia que protagoniza la nueva reina del género: Samara Weaving

Tras el éxito sorpresa de Noche de bodas, el colectivo de directores conocido como Radio Silence -Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett- regresa a la franquicia después de su juguetona y sangrienta incursión vampírica en Abigail. Lo hacen retomando el universo de bodas, pactos satánicos y familias disfuncionales, pero también evidenciando uno de los mayores riesgos del cine de género contemporáneo: confundir la repetición de una fórmula con su evolución. Esta Noche de bodas 2 vuelve a ser una cinta de "caza humana", ahora ampliando el trasfondo de la secta a la que pertenece la familia y su retorcido vínculo con lo demoníaco. La premisa sigue en la línea la original -ricos excéntricos, rituales absurdos y una protagonista atrapada en un juego mortal-, pero el resultado pierde frescura. Si en la primera entrega el equilibrio entre humor negro y violencia funcionaba como un reloj, aquí ese tono se descompensa: la película se excede en ocasiones, cruzando la línea hacia lo desagradable sin que medie la ironía o el ingenio.

Uno de los elementos que más se resiente es la propia mitología. La lucha de los satanistas por hacerse con el poder dentro del clan, que podría haber aportado nuevas capas de intriga, termina reducida a una caricatura casi paródica. Lo que en otras manos podría haber sido una sátira afilada sobre las élites y sus rituales, aquí se queda en un trazo grueso, más cercano al esperpento que a la mordacidad. El guion, de Guy Busick y Ryan Murphy, se muestra demasiado errático e incluso se pone demasiado serio en ocasiones, y abandona lo que en la primera entrega era verdadera crítica social. Aunque hace un gesto al empoderamiento femenino, las pesadas capas de ironía -mal entendidas- tanto en el libreto como en su ejecución, no permiten que las ideas subversivas que el espectador espera sean satisfactorias. Al fin y al cabo, hablamos de cuatro hombres intentando hacer una comedia de horror feminista.

Pese a su irregularidad, Samara Weaving vuelve a erigirse como la gran 'scream queen' de la década, combinando vulnerabilidad, determinación y un 'timing' cómico que eleva incluso los momentos más demenciales. A su lado, Kathryn Newton cumple con solvencia, aportando una réplica eficaz dentro del caos. Y resulta especialmente llamativo el regreso al cine de género de Sarah Michelle Gellar, cuya presencia añade un punto de interés nostálgico y cierta elegancia a un conjunto por momentos desquiciado. El atractivo de esta propuesta reside en su capacidad para mezclar horror y comedia con una energía casi punk, aunque no siempre logra equilibrar ambos elementos. Aquí, esa mezcla se vuelve más irregular: hay chispazos de humor ácido y situaciones que rozan lo ingenioso, pero también tramos en los que la narrativa se dilata innecesariamente. De hecho, la película termina haciéndose larga, atrapada en su propia repetición de 'set pieces' cada vez más extremas.

Hay un cierto nivel de valentía que uno debe elogiar con la creación de una nueva comedia de terror: un híbrido de género que es casi imposible de perfeccionar con una secuela, cuando la primera funciona tan bien. Busick y Murphy no han conseguido hacerla más grande, a pesar de que se intuye desde el principio la película que querían hacer. Falta nitidez en los diálogos y ,muy a menudo durante su metraje, el ingenio se reemplaza con vulgaridad y las escenas se solucionan con maldiciones -a modo de 'deux ex machina'- en lugar de cualquier salida más inteligente. Supongo que es una forma de subvertir las expectativas, pero resulta frustrante y no funciona como debería.

Con solo seis millones de dólares de presupuesto, esta película de supervivencia fue un éxito mundial: ahora estrena secuela

Sin embargo, cuando todo parece agotado, el tramo final irrumpe con una energía renovada. Los últimos quince minutos abrazan sin complejos lo grotesco, llevando la propuesta al límite y recuperando parte del descaro que hizo memorable a la original. Es un clímax excesivo, incluso absurdo, pero también el único momento donde la secuela parece encontrar una voz propia, aunque sea a base de exagerar todos sus defectos. En definitiva, es una continuación que funciona a trompicones: consciente de lo que hizo bien su predecesora, pero incapaz de reproducir su frescura. Entre lo entretenido y lo fallido, entre la sátira y la caricatura, la película se queda en tierra de nadie. Aunque, de vez en cuando, aún logra arrancar una sonrisa culpable entre tanto caos.

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