Hace 27 años se empezó a construir el primer macroburdel en España: 'El castillo': un 'thriller' policial sobre el auge de la mafia proxeneta | San Sebastián 2026

Una propuesta necesaria, incómoda y consciente de dónde quiere colocar la mirada

Por Andrea Zamora

Suizo es el apodo de un proxeneta. Él y sus socios, otros proxenetas, dirigen varios clubs de carretera donde explotan mujeres de todo el mundo. Suizo va de persona amable, educada y confiable. No se olvida de tratar a las chicas que lleva a sus clubes de usted. También les promete que van a ganar mucho dinero y que sus familias, aunque lejos, en Colombia, estarán bien. Si necesitan cualquier cosa, pueden contar con él.

Suizo es uno de los personajes que pueblan El castillo, una serie que, por si hay algún despistado, habla sobre la trata de mujeres con fines de explotación sexual. La ficción se ambienta a finales de los años 90 y se inspira en lo ocurrido en 1999, año en el que se empezó a construir el primer macroburdel en España. Hasta el año 2010, la trata ilegal de mujeres no se consideró delito en nuestro país. Para contar todo esto, además de Suizo, los creadores de la ficción, Isabel Peña y Eduardo Villanueva, también narran desde otros dos puntos de vista: el de la policía y el de las prostitutas.

A lo largo de seis episodios, El castillo, codirigida por Elena Martin Gimeno y Sandra Romero, muestra los intentos de la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales) por desarticular estas redes, pero también el infierno de Claudia, una joven colombiana víctima de la explotación sexual. Y es precisamente la existencia de esas tres perspectivas la que permite que la serie no se limite a contar una historia de policías y delincuentes. Suizo está interpretado por un sorprendente Raúl Arévalo, Claudia por una impecable Valentina Vidal como Claudia y la trama policial está liderada por unos conseguidos Omar Ayuso y Laia Marull.

El castillo es también una ficción sobre corrupción, sobre un país, el nuestro, lleno de puteros y sobre los límites de la ley para combatir unas redes que saben moverse dentro de sus grietas. Los proxenetas conocen las reglas y saben utilizarlas en su beneficio. Pero la serie no convierte esa batalla en su único asunto: también se detiene en las mujeres explotadas y en la dificultad de escapar de una red construida precisamente para impedirlo. Es muy fácil entrar. Salir es otra historia.

Peña y Villanueva aciertan, además, en algo que podría parecer sencillo y que no lo es: contar esta historia sin convertir el sufrimiento de las mujeres en espectáculo. Si un putero viola a una prostituta, el cuerpo de ella no aparece para que el espectador contemple la violencia. Es solo el putero -perdón por la redundancia, pero las cosas es mejor llamarlas por su verdadero nombre- y su cara, sus gestos, sus movimientos y sus sonidos los que aparecen en pantalla. El foco está en sacarle las vergüenzas al que hay que sacárselas: al putero y al proxeneta y a los que no ven el problema de la explotación y evitan pensar en sus complejidades más que en sus extremos.

El castillo, ya no como denuncia y realidad, sino como serie, es una ficción astuta, que sabe mantener el ritmo a lo largo de su recorrido y que finaliza con un episodio en el que los gestos de la cara de una jueza hablan más que todos los guiones de los seis episodios. Una propuesta necesaria, incómoda y consciente de dónde quiere colocar la mirada.

Andrea Zamora
-Editor
Más de diez años de experiencia en prensa cinematográfica y apasionada del cine independiente, con especial interés en la fantasía y la ciencia ficción. Siempre en busca de nuevas historias y miradas creativas
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